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Edición: 04 de julio de 2009
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Conflictos de poder en el ciberespacio

Por Rafael A. López Parada: Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Castilla - León

España, siglo XXI: Dos escenas costumbristas.

En primer lugar quiero proponer dos escenas cotidianas de nuestras ciudades para que reflexionemos sobre ellas.

Primera escena:

Enrique llega a casa después de su trabajo. Su hijo le cuenta las novedades del colegio. Después escucha las noticias, cena algo con la familia y enciende su ordenador. Baja su correo. Hacía tres semanas que no podía hacerlo por un problema con la compañía con la que se conecta a Internet. Parece que el rechazo de la baja en el servicio de la compañía anterior había dado lugar a un corte del servicio por la actual. La compañía le siguió facturando después de recibir la carta de baja y Enrique devolvió los recibos. En respuesta le metieron en una base de datos de morosos y Telefónica le bloqueó la línea. Enrique ha tardado tres semanas en poder volver a conectarse, pero ha tenido que pagar dos meses de servicio que nadie le prestó y que él no quería. Hoy, por fin, ya tiene servicio con la nueva compañía y se puede conectar. Un aluvión de correos inunda su bandeja de entrada. Hay varias decenas de correos en inglés con publicidad de programas piratas, píldoras para adelgazar, potenciadores sexuales..., incluso algún virus que el ordenador detecta y elimina. Dos o tres correos de amigos traen algún chiste incorporado que él se apresura a reenviar a otros amigos. Y otra docena de correos vienen de su sindicato y de algunos compañeros de trabajo con convocatorias de reuniones, información sobre la negociación del convenio y mensajes sobre política general y llamamientos a la solidaridad. Hace un año estos correos se los enviaban al correo de la empresa y él los veía en su oficina, pero ahora la dirección ha prohibido que se distribuyan, por lo que Enrique ha tenido que enchufarse a Internet en casa y pagar su conexión. Otros compañeros no lo han hecho porque les parece caro o no tienen ordenador en casa, por lo que Enrique procura imprimir lo más interesante y se lo pasa en la oficina al día siguiente. Después lee los titulares de algunos periódicos y algún artículo de su interés, busca una casa rural para salir un fin de semana con la familia el mes que viene y echa un vistazo a dos o tres tiendas de internet que venden impresoras. Necesita cambiar la suya. Aunque la compró hace un año funciona ya defectuosamente y no le merece la pena arreglarla, porque eso cuesta más que comprar una nueva. Al final entra en un IRC y charla un rato con un grupo de aficionados a la música. Queda con uno de ellos para que le envíe un correo con un par de archivos MP3 sacados de un disco de moda que el otro se compró la semana pasada. Cuando los reciba los reenviará a otros amigos. Ahora se da cuenta de que se ha hecho tarde y apaga el ordenador para irse a dormir. Mañana tiene que madrugar.

Segunda escena:

Enrique llega a su trabajo. Saluda a un par de compañeros y se sienta en su mesa. Enciende el ordenador, introduce sus claves y entra en la página de la empresa. Dos o tres mensajes urgentes le saltan en la pantalla. Una oficina de Murcia le envía una reclamación de un cliente que tiene que tramitar cuanto antes. El le contesta que es imposible dar una solución antes de una semana y al rato un nuevo mensaje de su compañero le pide por favor que aceleren el procedimiento, porque se trata de un cliente importante. Enrique reenvía el correo a su jefe para que tome una decisión al respecto. Hace un año tenía la costumbre de iniciar su trabajo echándole un vistazo a las últimas noticias en la página web de su periódico favorito, pero la dirección se ha puesto muy seria y ha sancionado a varios trabajadores por entrar en páginas web que no tienen relación con el trabajo. Dos de ellos incluso han sido despedidos, porque las páginas en las que habían entrado eran de fotos porno. A otro lo echaron por mandar correos con bromas y chistes, algunos obscenos. Y los correos con información sindical también han desaparecido. Las notas del sindicato hay que leerlas en el tablón de anuncios del pasillo o esperar a que algún compañero te lo cuente de palabra. Enrique sigue trabajando. Su jefe le dice en un correo que intente resolver cuanto antes el expediente de la reclamación urgente de Murcia. A lo largo de la mañana redacta un dossier en el procesador de textos y a última hora, cuando lo tiene terminado, se lo envía por correo electrónico a su jefe, con copia para su compañero de Murcia. Al terminar revisa los correos y encuentra otras dos o tres solicitudes de revisión de expedientes que le manda su jefe y dos peticiones de información de otras oficinas. Se levanta a la máquina de café del pasillo. Allí charla un rato con dos compañeros. Uno de ellos le pasa una nota del sindicato sobre la negociación del convenio. Es un momento complicado. La empresa se queja de falta de competitividad e insinúa la posibilidad de ir trasladando producción a una subcontratista de un país del Este de Europa. Pero los trabajadores están inquietos por el cambio de horario que se anuncia, que implicaría trabajar sábados por la mañana alternos. ¡Como si no metieran ya suficientes horas extras, todas voluntarias, claro!. No hay día que Enrique no llegue a casa antes de las ocho de la tarde. El último rumor es que van a permitir que los empleados se lleven trabajo a casa para sacarlo con su propio ordenador (quienes lo tengan). ¡Es lo que faltaba!. Enrique vuelve a su despacho y sigue trabajando hasta la hora del almuerzo. A las cuatro y media, después de comer, se vuelve a sentar en su silla para terminar algunas tareas atrasadas. Nadie se lo pide, pero él sabe que debe quedarse. A lo mejor no es mala idea la de llevarse a casa los expedientes. Al menos verá un poco a la familia, aunque lo haga desde más allá" de la pantalla de su ordenador personal. ¿Me dejarán trabajar en paz mi mujer y mi hijo o no conseguirán comprender que, aunque esté en casa, estoy trabajando?, se pregunta Enrique.

Una prueba de sagacidad propia de una viñeta de Forges: Encuentre, en menos de treinta segundos, diez motivos de extrañeza en las dos escenas descritas.

Lo que pretendo es que miremos de forma objetiva las dos escenas anteriores y manifestemos algunos puntos que nos resulten sorprendentes, incómodos y, sobre todo, desajustados a los cánones con los que habitualmente veníamos contemplando la vida antes de que el ordenador e internet entraran en ella. A mí se me ocurren algunos, pero desde luego hay más. Cada uno es libre para buscarlos. Los míos son los siguientes:

1- ¿Qué diferencia de concepto hay entre navegar por internet y pasear por la calle?. ¿Por qué tenemos que contratar con compañías privadas nuestro acceso a Internet?. ¿No debiera existir un proveedor público para garantizar el derecho a circular libremente por el ciberespacio?. ¿O en el ciberespacio no rige el derecho constitucional a la libre circulación?.

2- ¿Cómo es posible que en internet haya tanta inseguridad, virus y correo basura? ¿No hay un servicio de policía que vigile e imponga orden?

3- ¿Por qué Enrique se gasta una parte del dinero que gana yendo a trabajar a su oficina en tener un equipo informático en su casa parecido al que tiene en la oficina, con el que terminará trabajando en casa unas horas complementarias a las que ya hace en la oficina?. ¿No se está difuminando la diferencia entre ocio y trabajo?.

4- ¿Por qué las reglas de uso del ordenador en casa de Enrique son distintas a las que rigen en la oficina?. ¿Es precisamente esa diferencia normativa la que permite establecer una frontera entre ocio y trabajo?.

5- ¿Por qué Enrique no puede mandar desde el ordenador de la empresa mensajes a otros compañeros o a terceros sobre temas personales o sindicales, aunque lo haga fuera de las horas de trabajo, por ejemplo en el horario del café o del almuerzo?. ¿Acaso en la hora del café o en el almuerzo no habla con sus compañeros y se intercambian la información que les da la gana, incluso dentro del centro de trabajo?.

6- ¿Por qué Enrique no puede navegar por páginas web en esos tiempos de descanso?. Es más, ¿tiene sentido esa división entre tiempo de trabajo y tiempo de descanso si Enrique se queda a trabajar voluntariamente hasta las siete de la tarde casi todos los días y ahora está pensando en llevarse trabajo a casa para sacarlo en su ordenador?.

7- ¿Por qué la empresa ha decidido despedir a los que con el ordenador que tienen asignado han visitado páginas web pornográficas o mandado chistes obscenos y no a los que han visitado otras páginas web o remitido otros correos personales?. ¿Puede decidir la empresa qué páginas se pueden visitar y cuáles no, qué correos se pueden mandar y cuáles no?. ¿Puede imponer la empresa a sus empleados estándares de moralidad sexual? ¿Podría incluso prohibir visitar la página web del sindicato desde el ordenador de la empresa?.

8- ¿Puede la empresa instalar controles para saber qué páginas visita un trabajador o los correos que manda cuando lo hace con un ordenador de la empresa y/o usando la red empresarial?.

9- ¿Lo puede hacer el Gobierno y sancionar a Enrique por recibir y mandar canciones MP3 copiadas de un CD original?. ¿La inviolabilidad constitucional del correo sólo rige para las cartas de papel enviadas a través del antiguo servicio público (ahora universal)?. En ese caso, ¿qué Gobierno?.

10- ¿Y por qué ese Gobierno no controla lo que hace la empresa con sus trabajadores y si cumple o no la legalidad, ni se preocupa por garantizar el acceso a internet del conjunto de la ciudadanía, dejándolo en manos de empresas privadas con las que sólo contratan los ciudadanos con un cierto poder adquisitivo?. Y con ello volvemos a la primera pregunta y se cierra el círculo.

¿Existe el ciberespacio?

Quiero extenderme sobre algunas de las perplejidades que he reseñado. La primera y básica no la he puesto de expresamente de manifiesto antes y atañe a una cuestión de fe: ¿existe el ciberespacio?. Yo creo que sí. La Sala Cuarta del Tribunal Supremo español cree que no, pero el Tribunal Constitucional la ha corregido y ha dicho que sí . Creo que en estos momentos de evolución del Derecho español la respuesta ya debe ser afirmativa.

el ciberespacio ha adquirido carta de naturaleza en nuestro ordenamiento jurídico laboral: en él los trabajadores tienen derechos, como los tienen dentro de los centros de trabajo aunque el terreno y los ladrillos que forman las naves, despachos y pasillos por los que transitan sean propiedad de su empresa
Me explico. La percepción del espacio es sólo parcialmente natural. Las tres dimensiones existen y los cuerpos de los animales, incluidos los de las personas, se mueven en ellas y para poder hacerlo usan la información que le proporcionan sus sentidos. Por tanto el espacio tiene un sustrato natural. Pero en la especie humana el espacio es, ante todo, cultural . Es la mente humana, en cuya configuración es esencial la integración social, la que atribuye significados al espacio, lo divide, lo parcela, establece relaciones. Un mapa es una forma de ver" el espacio que guarda una escasa relación con la experiencia animal que nos proporcionan los sentidos. Pocas cosas hay más artificiales que una ciudad o una calle, llenas de infraestructuras aéreas y subterráneas, edificios, gentes vestidas de diversas maneras, carteles, escaparates, signos de autoridad y orden por todas partes. No digamos nada de las naciones y los países. El artículo sobre el concepto de Fronteras Naturales del Diccionario Crítico de la Revolución Francesa de François Furet y Mona Ozouf se abre diciendo:

Para un hombre del siglo XX la frontera es una noción precisa, una línea con sus puestos aduaneros, policías y pasaportes, en resumen, un límite entre Estados soberanos. Sabemos, no obstante, que esto no era así para un contemporáneo de Francisco I o de Luis XV".

El espacio físico en el que nos movemos es, ante todo, imaginario. Esta naturaleza imaginaria del espacio puede predicarse en medida extrema cuando nos referimos al espacio urbano, que es el que ha sido objeto de una total transformación por la acción del ser humano, pero no olvidemos que esto también ocurre, aunque en menor medida, con jardines y campos. Cuando se observan sobrevolándolas desde un avión las tierras del continente europeo se puede ver la transformación indecible que el trabajo humano de muchos siglos (especialmente el último) ha producido en el territorio. El ciberespacio es en su totalidad cultural, producto de la acción humana, y su sustrato es una apariencia creada tecnológicamente y no una referencia física real. Pero, en cuanto tal producto cultural, existe realmente. Ya nos enseñó Spinoza, descendiente de exiliados ibéricos que buscaron, con un éxito solamente parcial, la libertad y la tolerancia en una república recientemente independizada de la Corona de los Austrias, que todas las ideas humanas existen realmente, como mínimo en cuanto tales ideas, y que además pueden introducirse en la concatenación de causas y efectos. Sucede que, siendo el propio espacio físico para nosotros ante todo un producto de nuestra cultura, la aprehensión conceptual de éste no está excesivamente alejada de la del ciberespacio, especialmente cuando ponemos en correlación este último con el espacio urbano (en el que viven hoy la mayor parte de los hombres y mujeres de la tierra). El ciudadano circula por el ciberespacio como lo hace por la calle: entra en comercios, acude a exposiciones y espectáculos, juega, charla. Cuando se sitúa en un espacio empresarial allí compra, trabaja, produce valor (otro concepto cultural y artificial, que sin embargo mueve la maquinaria entera de nuestra civilización actual). Al enfrentarse al ciberespacio fabricado por un conjunto de ingenieros e informáticos, la cultura humana ha conquistado un nuevo continente, un mundo nuevo que aparece súbitamente ante nosotros y que exige rápidamente de mapas y explicaciones. La diferencia es que el sustrato físico de ese nuevo continente no existe, sino que es un producto de nuestra tecnología. Su orografía no está creada por la acción geológica y el clima durante milenios, sino por decisiones, más o menos acertadas, más o menos inocentes o malévolas, de quienes diseñan el hardware y el software, y por la acción de millones de usuarios que se organizan espontáneamente y sin un plan preconcebido. Algo parecido por tanto a la sociedad ordenada por la mano invisible de Adam Smith y que, sin embargo, arroja un resultado muy diferente a su soñado mercado libre. En el caos del ciberespacio miles de personas trabajan gratuitamente en una obra colectiva sin director, vulnerando así las leyes del mercado que imponen que todo tiene un propietario y ha de pagarse por ello. La lucha en el ciberespacio por imponer el orden del mercado es intensa, pero su éxito es desde luego trabajoso.

Algunos niegan la existencia del ciberespacio, alegando que lo único que realmente existe es el dispositivo tecnológico que lo hace posible. Ocurre, como en general con los constructos culturales, que sólo existen como tales en tanto en cuanto permanezcan en la mente de las gentes. Su existencia, como la de las naciones, es difusa y admite diversas intensidades: más allá de pronunciamientos jurídicos sobre su existencia o inexistencia, concebidos como juegos en los que se decide el todo o la nada sin término medio posible, todo dependerá del número de personas que hayan asumido esa creencia. Sin embargo, una vez establecida una premisa como base del ejercicio del poder jurídico, las consecuencias que de ello se derivan en términos de organización social, con graves repercusiones sobre las vidas de las personas, son bien reales. Las posiciones al respecto no se acomodan desde luego a nuestra tradicional división entre conservadurismo y progresismo, entre derecha e izquierda. No me atrevo a decir que la existencia del ciberespacio sea algo progresista o conservador. Hasta los ácratas están divididos al respecto: mientras unos han hecho del ciberespacio su paraíso sin Estado, otros lo reprueban como un producto tecnológico más que nos aleja de la naturaleza. Por el contrario una buena parte de las grandes compañías creen en el ciberespacio e intentan extender a él su actividad, imponiendo en el mismo Ley, orden y seguridad. Probablemente, como ocurre con tantas otras cosas, el medio no sea por sí mismo todo el mensaje, sino que depende de quién y cómo lo use. En lo que se refiere al ciberespacio, en estos años fundacionales se está librando una batalla por su definición y configuración entre las empresas que quieren ocupar un territorio que creen virgen y despoblado y sus moradores indígenas algo asilvestrados.

Por consiguiente, cuando digo que el ciberespacio existe, me limito a constatar que su realidad tiene una cierta intensidad no cuantificada, en tanto en cuanto una fracción socialmente influyente e importante de clases altas y medias en los Estados desarrollados cree en él y se mueve en él, llevando a cabo una parte de sus actividades cotidianas allí. Alguna ensoñación incluso ha imaginado que allí se podrían llevar a cabo en el futuro gran parte de las actividades sociales de las personas, como la enseñanza, las relaciones con las Administraciones, el comercio, etc.. En todo caso quien no cree en la existencia del ciberespacio es la Sala Cuarta del Tribunal Supremo español. Cuando esta Sala Cuarta del Tribunal Supremo observa la zona donde debiera estar el ciberespacio lo único que ve son aparatos y cables que han de tener algún propietario . Es un problema de perspectiva, como si en lugar de ver los centros de trabajo donde empresarios y trabajadores se relacionan y entran en conflicto, lo único que pudiéramos ver fueran sus partes, esos ladrillos y tejados que los componen y el cemento que los une. A partir de la negación del ciberespacio se impone una conclusión ineludible: no puede haber derechos en un lugar inexistente. Dado que sólo existen bienes materiales propiedad de la empresa (esos aparatos y cables que componen los sistemas informáticos desde los que se accede al ciberespacio), su uso requiere ineludiblemente del consentimiento de la misma. Para el protagonista de nuestras pequeñas escenas cotidianas, Enrique, que sí cree en el ciberespacio y pasa en él una parte de su tiempo, ese pronunciamiento judicial supone que en sus estancias en el ciberespacio deja de disfrutar de unos derechos que apenas nadie se atreve a negar en una sociedad democrática cuando nos situamos en el espacio real. Afortunadamente el Tribunal Constitucional ha revocado en una reciente sentencia el pronunciamiento del Tribunal Supremo y desde ese momento el ciberespacio ha adquirido carta de naturaleza en nuestro ordenamiento jurídico laboral: en él los trabajadores tienen derechos, como los tienen dentro de los centros de trabajo aunque el terreno y los ladrillos que forman las naves, despachos y pasillos por los que transitan sean propiedad de su empresa. La importancia de este histórico pronunciamiento habrá de valorarse con el tiempo, pero su trascendencia práctica será relativa en tanto en cuanto los poderes estatales y, en concreto, la Inspección de Trabajo, no puedan entrar con normalidad y sin previa autorización ni aviso en el ciberespacio empresarial, al igual que la Ley le autoriza para entrar de esa misma manera en los centros de trabajo físicos. Excuso decir que éste es un tema muy sensible, un problema que desde el Estado no se quiere ni siquiera ver en tanto en cuanto no sea inevitable. Ya llegará el momento.

¿Libre circulación por el ciberespacio?

El pronunciamiento de la Sala Cuarta del Tribunal Supremo no constituye una excepcionalidad, ni deriva de incapacidad intelectual alguna para ver el ciberespacio. Por el contrario es una respuesta tradicional, asentada en los principios clásicos de nuestra sociedad, según los cuales el espacio que existe es el real, delimitado por fronteras bien establecidas, que no debieran ser franqueadas por personas dispuestas a saltar vallas o cruzar mares en canoas, y dentro de las cuales los ciudadanos están a un tiempo sometidos y protegidos por su Estado de siempre, el único y verdadero. Lamentablemente el ciberespacio pone en cuestión la territorialidad de las leyes y salta sobre esas fronteras. En ese nuevo continente ni están claras las leyes que rigen ni tampoco éstas se pueden aplicar fácilmente. Un programa informático prohibido en Estados Unidos se puede descargar sin problema desde decenas de páginas alojadas en ordenadores situados físicamente en otros Estados. En España se cierra un periódico de papel y acto seguido éste prosigue su labor en internet desde un servidor situado en un tercer Estado. ¿Qué hacer?. La respuesta propagada por los medios de comunicación es el miedo: internet estaría plagada de terroristas, criminales, adictos sexuales dispuestos a traficar con niños, estafadores que saquearán nuestras propiedades apenas pongamos un pie virtual en la red, etc.. Esa es la descripción del nuevo continente que gusta difundir en los medios. El desorden, en suma, expresado en términos y conceptos convenientemente actualizados conforme a nuestros conceptos de lo bueno y lo malo, lo injusto y lo injusto. Un nuevo miedo a sumar a la ya larga historia de los miedos. Y, sobre todo, una magnífica excusa para que el Estado sólo se sitúe frente al ciberespacio a la defensiva, como un policía que apunta con su arma a una puerta detrás de la cual no sabe quién se encuentra.

Pero ¿acaso ese ciberespacio no permite una mejor gestión del tiempo de las gentes, no abre posibilidades nuevas de comunicación y de debate, no pone a disposición de una multitud de personas una biblioteca ingente?. El ciberespacio es la gran metrópolis global del nuevo siglo, un lugar donde cada uno puede encontrar un sitio mejor para su desarrollo personal conforme a sus gustos y aficiones o relacionarse con aquellas personas que, sin importar su sexo o aspecto físico pueden ofrecerle comprensión y complicidad. Esta libertad asusta a los sectores más conservadores. ¿Cómo puede soportar la libertad de elección de la personalidad con la que uno comparece en el ciberespacio quien ante la mera vista de una pareja homosexual piensa en indecibles aberraciones entre hombres y animales?. A la espera de nuevos avances tecnológicos, la lengua es hoy la gran frontera que divide a los usuarios de la red, aunque el inglés opere como lingua franca mayoritaria. Lógicamente la potenciación exponencial de la libertad personal que ese nuevo espacio de comunicación permite, no sólo confiere mayor poder a las personas para desarrollar lo bueno, sino también lo malo. Y eso exige un cierto orden y control que sólo puede venir de la cooperación internacional, porque un único Estado es impotente para colocar puertas y barreras.

El problema de la llamada a la Ley y el Orden es que la conducta del sheriff puede no ser todo lo democrática que debiera, de manera que viejos autoritarismos impensables en el espacio real se conviertan en naturales en el ciberespacio. La tendencia ademocrática" se agudiza en los foros internacionales, cuando se ha superado la barrera electoral de cada Estado y los dirigentes parecen sentirse libres de las ataduras que los condicionan en el interior de su propia nación. Cuando la policía de un Estado europeo irrumpe en el domicilio de un adolescente en Suecia para detenerle e interrogarle durante semanas a petición de otro Estado por el hecho de haber creado y difundido por la red un programa que permite copiar un disco algo está fallando. ¿No deberíamos prestar más atención a estas acciones policiales internacionales propias de novelas de ciencia-ficción?. La espectacularidad hoy en día parece garantizar la legitimidad, pero no tiene porqué ser así necesariamente, aunque aumente las audiencias y la venta de periódicos y los medios tiendan a ser agradecidos. El espectáculo informativo es el sumidero por el que huye la posibilidad del debate público democrático. Y el terrorismo y el contraterrorismo es la obra cumbre de la política concebida como espectáculo. La ampliación del poder policial del Estado se justifica mediante escenificaciones casi teatrales. Cuando se mezcla internet y la informática con la acción de la policía el éxito de audiencia está garantizado.

No hay que olvidar que el uso de las tecnologías de información y comunicación facilitan la organización de redes, la ampliación de las esferas de influencia de los debates, la extensión de las ideas. El monopolio informativo de los medios tradicionales se ve amenazado, los secretos son más difíciles de guardar, los grupos sociales se organizan con más facilidad para sus acciones y protestas. Esta facilidad de organización aportada por la tecnología, que es ampliamente explotada por muchas empresas y Administraciones (sobre todo las primeras), también puede usarse por la oposición política, las ONGs e incluso por los enemigos declarados de las naciones occidentales o en general por grupos dispuestos a recurrir al terrorismo. Y dentro de las empresas, con plantillas cada vez más dispersas y fraccionadas en redes de proveedores, socios estratégicos, contratas y subcontratas, etc., la red supone una ocasión para que el movimiento sindical mejore su organización y extensión. Las ventajas de la red para la gestión empresarial tienen esta contrapartida peligrosa para el poder de la dirección.

¿por qué no se garantiza por los poderes públicos el acceso de toda la población al ciberespacio y se promociona éste como un espacio público?. En definitiva el acceso a la red es como el acceso a la calle de la ciudad
Los poderes públicos reaccionan con prevención ante la aparición del ciberespacio, al que tratan esencialmente como amenaza contra el orden vigente, a pesar de que aprovechan las nuevas tecnologías para organizar el control social a partir de las bases de datos de sus ciudadanos. También muchas empresas intentan aprovechar las ventajas de la tecnología sin permitir su uso por los trabajadores para fines sindicales. El gran argumento de estas últimas, que es el que la Sala Cuarta del Tribunal Supremo aceptó como válido, es la propiedad privada de los medios técnicos y el correlativo derecho de la empresa a decidir quién puede usar los mismos y con qué finalidades. Pero ese argumento serviría igualmente para que la empresa pudiera legítimamente impedir el uso de los centros de trabajo, sus naves, pasillos, oficinas, tablones de anuncios, etc., para fines sindicales. ¿Por qué entonces fue aceptado con tanta facilidad?; ¿Por qué la propiedad privada ha de recobrar su potencial legitimador del ejercicio del poder empresarial cuando nos adentramos en el ciberespacio?. No parece que este camino sea el correcto y el Tribunal Constitucional se ha encargado de dejar claro que no lo es.

Pero nuestra inquietud debiera ir más allá. Si concebimos la red como un instrumento valioso para las personas, ¿por qué no se garantiza por los poderes públicos el acceso de toda la población al ciberespacio y se promociona éste como un espacio público?. En definitiva el acceso a la red es como el acceso a la calle de la ciudad. También ésta es un espacio artificial, resumen de muchos años de dotación de infraestructuras públicas y privadas. Por ella circulan los ciudadanos, como los que navegan por la red, para llegar a establecimientos públicos o a lugares privados, abiertos al público o de entrada restringida a las personas autorizadas. Obviamente en cada uno de estos lugares las reglas pueden ser distintas y en muchos casos no habrá razón alguna para que los poderes públicos hayan de garantizar el acceso a ellos para todos los ciudadanos. Pues bien, si consideramos esos lugares como sitios web la analogía es clara. Entonces el acceso a la red es como el acceso a la calle, una calle inmensa y global, llena de sitios de todo tipo, buenos y malos.

De nuevo la propiedad privada se interfiere en el derecho de todos los ciudadanos a la libre circulación por esa calle. La privatización de las grandes empresas de telecomunicaciones, la creación de un mercado y el fomento de la competencia han creado un monstruo. Estamos ante un mercado grotesco en el que un conjunto de empresas, algunas puros fantasmas, lanzan continuamente ofertas en un juego de captación de clientes en el que se practican todo tipo de artimañas para intentar diferenciar servicios que son sustancialmente iguales y aportan poco más que la propia conexión a partir de un mínimo de infraestructura, todo a base de las inversiones realizadas por la empresa pública durante muchos años, cuyos frutos fueron privatizados en la segunda mitad de los años noventa. Hemos permitido que se privaticen las calles y plazas del ciberespacio, lo que debieran ser sus lugares públicos. Y todo ello sin que exista apenas aportación por las empresas que venden el acceso a internet de contenidos de valor por los cuales merezca la pena acceder a la red. Esos contenidos generalmente los introducen en sus sitios web las Administraciones Públicas y las Universidades, los ciudadanos particulares y sus asociaciones, muchas de ellas ONGs sin ánimo de lucro, así como empresas tradicionales del sector de la comunicación y el ocio que han vertido parte de sus contenidos en la red. La mayor parte de los contenidos con valor real en sentido social y cultural (aquellos que no se limitan a ser comercios en los que se nos vende algún producto o servicio) no provienen de empresas con ánimo de lucro. Es más, la red es atractiva por su condición de gran foro público, por la presencia de otros usuarios, y no por lo que allí se vende. En la red muchos han recuperado el gusto por la tertulia y el debate, por acceder libremente a la información y discutirla. En el ciberespacio la calle y los cafés son preferidos a esos grandes centros comerciales que consumen el tiempo de ocio de muchos ciudadanos en el mundo real. No deja de ser significativo que así termine manifestándose el ejercicio de la libertad de una multitud de personas.

A pesar de ello el mantenimiento del mercado del acceso a internet prima sobre la garantía que los poderes públicos debieran ofrecer a todos los ciudadanos, con independencia de su posición económica, para que pudieran disfrutar de las ventajas del progreso técnico. En el ciberespacio todavía se vive en el siglo XVIII y se lucha por el reconocimiento y garantía de los derechos fundamentales en sentido negativo, como expresión de libertad y seguridad personal. Nos encontramos todavía lejos del siglo XX, de la era de reclamar y garantizar derechos sociales. Las acciones emprendidas en este sentido por algunas Administraciones son esencialmente cosméticas. Pero en aquellos casos excepcionales en los que las Administraciones han ido más allá, como en el caso del intento de algunos Ayuntamientos, como el de Barcelona, de crear una red inalámbrica que permitiese el acceso gratuito de los ciudadanos a internet, ha sido el propio Estado (a través de la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones) el que se ha encargado de recordar las reglas básicas del juego: estamos ante un mercado, un negocio cedido a operadores privados, que no puede ser estropeado por ninguna Administración deseosa de ampliar los derechos sociales al ámbito de las nuevas tecnologías. Si esa Administración quiere proporcionar a los ciudadanos el acceso a la red debe operar como una empresa en ese mercado y cobrar para financiar el servicio. Este es un fruto de la contrarreforma liberal de los años ochenta y noventa: de nuevo la propiedad privada es una fuente de poder político y jurídico que prima sobre los intereses generales. Hará falta algo más que una sentencia del Tribunal Constitucional para cambiar esto.

Rafael A. López Parada: Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Castilla - León

NOTAS

1- Me refiero a las sentencias de 26 de noviembre de 2001 de la Sala de lo Social del Tribunal Supremo (recurso de casación 1142/2001) y de 7 de noviembre de 2005 del Tribunal Constitucional (recurso de amparo 874/2002).

2- Respecto a la dimensión territorial del animal humano la obra capital es la escrita por E.T. may The hidden dimension" (Doubleday. New York, 1966), que hasta hoy no ha sido traducida, que yo conozca, a ninguna de las lenguas españolas.

3- En España, Diccionario de la Revolución Francesa", dirigido por François Furet y Mona Ozouf. Alianza Editorial, Madrid, 1989.

4- No me resisto a citar el magnífico poema de la a su vez magnífica poetisa polaca, premio Nobel de Literatura, Wislawa Szymborska, llamado Salmo", que se abre diciendo ¡Qué permeables son las fronteras de los estados humanos!/¿Cuántas nubes las sobrevuelan impunes,/cuánta arena del desierto se trasiega de un país a otro,/cuánta piedra montañosa rueda hacia dominios ajenos/con desafiantes brincos" y concluye: Sólo lo humano sabe cómo ser de veras ajeno./Lo demás son bosques mixtos, trabajo de topos y viento". En definitiva la geografía que divide a los humanos es un producto cultural, como culturales son las guerras y tantas desgracias que nos afligen a los humanos por no sabernos habitantes de esos bosques mixtos" a los que se refiere el salmo de Szymborska.

5- Sentencia de 26 de noviembre de 2001 de la Sala de lo Social del Tribunal Supremo (recurso de casación 1142/2001).

6- Sentencia de 7 de noviembre de 2005 del Tribunal Constitucional (recurso de amparo 874/2002).

7- Un dicho de los internautas norteamericanos dice: En Internet nadie sabe que eres un perro. No lo cuentes". La soledad ante la pantalla del ordenador no sólo facilita el anonimato, sino que también permite a la persona construir su yo con mayor libertad que en presencia física de otros, porque la apariencia física no es un condicionante y además queda excluida la violencia y la intimidación física. Esto explica muchos de los problemas que surgen en la red y que no suelen producirse en el mundo real. Pero también explica una parte sustancial de su atractivo, que no es otro que la libertad. Este es uno de los núcleos esenciales de conflicto cuando se intentan imponer controles en la red.

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