Su experiencia fue obstinada, dramática, contradictoria. Partisano en Justicia y Libertad. Líder insólito de la CGIL, comunista silencioso en el PCI.
Rossana Rossanda
03-09-2007 - Muy próximos y muy alejados.
Su experiencia fue obstinada, dramática, contradictoria. Partisano en Justicia y Libertad. Líder insólito de la CGIL, comunista silencioso en el PCI. Era un compañero leal con el cual discutíamos encarnecidamente y con dificultad. Seguimos siendo amigos, incluso en el desacuerdo.
El trabajo es un terreno abrasador, que los partidos de la ex izquierda y las ideologías de lo postmoderno tratan de eludi,r y en el cual ha transcurrido toda la existencia de Bruno Trentin. Ha sido para él su empeño políticoy su exigencia moral, en él se han fraguado sus grandes elecciones, grandes amistades y grandes rupturas. Es cierto, ha sido, después de Vittorio, el secretario general de la CGIL //1 en el cual se cifraron más esperanzas, pero tambien el más atacado –hasta haberle tirado encima monedas- cuando se hizo conveniente desilusionarle. Y ha terminado por ser también muy grande su soledad, no exenta de crueldades infligidas y amarguras padecidas.
Llegó al PCI desde la CGIL en 1950, y en éste produjo una fascinación tan fuerte cuanto lo era la desconfianza del aparato y de los dirigentes, Ingrao incluido. Recuerdo la Comisión electoral del lX congreso, en 1960, que nos promovió a él y a mí al Comité Central; era, según creo, el más joven y esto levantaba muchos recelos. ¿No era, quizá, excesivamente poco experimentado, tan solo diez años, once en la CGIL? ¿Acaso no se había formado en Francia, en Tolosa, y en el Partido de Acción //2, que no había querido mucho, precisamente, a los comunistas, y al que, a su vez, éstos le habían pagado con la misma moneda? ¿No era el hijo de Silvio Trentin, no había sido partisano en el véneto en las filas de Justicia y Libertad? El suyo no había sido el recorrido habitual de un dirigente comunista.
Orígenes y cultura lo hacían distinto, y su discreción sonaba como una extravagante forma de aristocracia, atributo insólito en un sindicalista extraordinariamente comunicativo con los trabajadores y que cada vez contaba más en aquella CGIL que era para el PCI fuerza aclamada y oculto sufrimiento. ¿No había estado precisamente él, Trentin, en el centro del aquel V congreso que la renovaba a fondo e imponía una autonomía? ¿No había sido el unificador de los sindicatos metalmecánicos de la FLM?¿No sostuvo hasta el final aquel sindicato de los Consejos que no se arrimaba ni a la derecha ni a la izquierda, ni a Amendola ni a Berlinguer? ¿Y encima no pretendía una política absoluta del sindicato, no solo contractual, no solo salarial y normativa, sino portadora de un proyecto de sociedad?¿ Acaso no crecía con él, y después sin él y al final, contra él, una izquierda intelectual y de lucha que habría contaminado al PCI y al PSI?
Los años sesenta, crisol cuyo progresismo habría llegado a su punto final en 1968 y en el otoño caliente de 1969 //3, encontraron en él un protagonista tan formalmente disciplinado como irreductible a la vez. No por casualidad campeaba sobre su despacho de la calle Corso de Italia //4 una fotografía de Di Vittorio que era mirado escrutadoramente y que miraba escrutadoramente el rostro severo de un obrero joven, interrogándose ambos , el uno sobre el otro. La interrelación que se producía entre un sindicato de clase y los asalariados era en su conjunto más inmediata e insubordinada que la que se establecía entre base y dirigentes de un partido, como el PCI, que se proclamaba leninista tan solo por poseer una “consciencia externa” a la clase. Aquello acarreó enfrentamientos. En 1962 estalla el primero en relación con el análisis del capitalismo italiano, en un congreso organizado por el Instituto Gramsci: Trentin, y alguno otro menos cualificado que él les advertía “tened cuidado, el capitalismo italiano está cambiando, se moderniza, renueva sus cuadros, crece” y un Giorgio Amendola apasionado y despreciativo les acusaba a todos de hacerse falsas ilusiones y a la vez de inclinarse hacia el extremismo, poniendo en duda la tesis según la cual, por su naturaleza retrógrada y fascistizante, la patronal italiana era incapaz de ser una clase dirigente a la altura de nuestros tiempos. Lo que estaba en juego era el papel del partido: ¿debía profundizar su naturaleza de clase o mantener como objetivo y límite la modernización del país, posiblemente junto a aquel PSI respecto del que la izquierda interna le habría impedido a él, Amendola, dos años después, ya fallecido Togliatti, emprender la unificación?
En aquella ocasión Trentin no venció y Amendola no perdió. La evolución de las cosas habría llevado al PCI, no a una radicalización de la lucha, sino, por el contrario, a esperar dirigir desde fuera los hilos del centroizquierda que se estaba tejiendo: ahora entran los socialistas, después pasaremos nosotros (y por nosotros no se entendia la revolución). Trentin se mantuvo alejado del debate, al menos del más explícito, seguía desde la CGIL percatándose de las novedades y, como había hecho siempre, sin hacer ninguna concesión ante ciertas formas extremas y anti sindicales, a las cuales no les reprochaba su violencia sino lo que él consideraba una miopía, una tosquedad. Y permeneció ajeno al choque en el Xl congreso, o así nos pareció a nosotros, los ingraianos, que allí terminamos siendo duramente derrotados
Pero con respecto a él siguió siendo habitual el intercambio de ideas, vernos, a menudo junto a Sergio Garavini o con Vittorio Foa, sosteniendo diversos campos de participación, él muy Corso de Italia, nosotros muy Botteghe Oscure //5. Fue entre los sindicalistas uno de los más atentos observadores del 68 y del otoño caliente del 1969, sostuvo firmemente el sindicato de los consejos, esto también objeto de desconfianza por parte de la secretaría del partido. Era como si siempre tuviese la vista puesta sobre los cambios del capital y de la organización del trabajo y de las nuevas figuras sociológicas, y esto nos unía. Pero no habría apoyado nunca el manifiesto //6 –al igual que Ingrao, en el PCI no habría jamás adoptado una posición formal minoritaria-. El día de nuestra expulsión, en noviembre de 1969, dos amigos estaban ausentes del Comité Centra,l debido a compromisos sindicales, Trentin y Garavini. Garavini telegrafió que votaba en contra, Bruno calló como un muerto. Pero esto no puso fin a una amistad que había sido grande entre algunos de nosotros. Estábamos en posiciones diversas, nosotros muy atentos a las nuevas formas de lucha y sus elaboraciones más avanzadas, él muy interesado por las primeras y por completo indiferente con las segundas .
También su relación habitual con Garavini se fue aflojando porque Sergio era muy amigo de Raniero Panzieri, mientras que Trentin, con los Quaderni Rossi //7, no se involucró nunca, que yo sepa. En cuanto a Classe Operaia y a Contropiano fue siempre acerbamente crítico –no le persuadió el discurso sobre el “obrero masa”, no pensó nunca en el proletariado como si fuese una figura social tosca e indiferente y por eso precisamente tanto más combativa, no creía en una autonomía de lo político que le habría sido superpuesta, forma indirecta de “Estado”.
Pero recuerdo su cólera cuando Lama en el Eur //8 definió como cenizas las luchas de los años 60 y 70, incluido el consejismo, entre los gruñidos de los delegados que sin embargo, como siempre, se tragaron el sapo. No sé si Lama hubiese alcanzado un acuerdo con Berlinguer. A Lama le siguió el breve periodo de Antonio Pizzinato, cuadro sindical procedente de la Borletti de Milán, después le tocó a Bruno ser secretario general.
La suya fue una experiencia fuerte, obstinada, dramática, contradictoria. Estábamos en pleno cambio de época, durante los años 80, en plena, habríamos dicho entonces, contrarrevolución mundial, en plena transformación capitalista de la organización del trabajo, en plena crisis del este (Trentin fue el único del PCI en prestarles atención ), en plena “revolución” tecnológica. Y en Italia, en pleno craxismo. El ataque a la escala salarial móvil preocupó más en Boteghe oscure que en la CGIL, por extraño que eso pueda parecer –la CGIL apoyó a duras penas el referéndum , que en efecto, se perdió—. Por su parte, Trentin lo consideraba ya un objetivo caduco en relación a la contratación empresarial, a la que consideraba decisiva junto al contrato nacional, mientras la Confindustria patronal excluía una y otro. En 1992 en el gobierno estaba Giuliano Amato, estaban al caer la unificación monetaria y el tratado de Maastricht, había una violenta presión para provocar una ruptura sindical. Trentin hizo entonces, creo, su única jugada completamente política, con la vista clavada sobre el gobierno, sobre Europa y sobre el peligro de aislamiento de la CGIL, antes que sobre aquellos que consideraba sus mandantes, los trabajadores. Firmó el famoso acuerdo del 31 de julio y dimitió de la secretaría de la CGIL. Las dimisiones quedaron en nada. Pero aquella fecha señalaba verdaderamente su final. Un año después había sido sustituido por Cofferati.
No consideró nunca un error aquella firma, la defendía aún años después, sosteniendo que había sido la única manera de salvar tanto a su sindicato como algunos principios que habían sido confirmados en 1993. No creo que tuviese razón. No nos perdonó el ataque que le dirigimos –que le dirigí-. Quedó dañada también la amistad personal que había resistido a muchas vicisitudes y a la bifurcación de nuestros caminos; nos había unido, más que relación cotidiana, la formación más europea que nacional, más vinculada al norte que al sur, más interesada por el análisis que por el slogan. Tanto más desgarradora fue la ruptura. Hubo reiterados reproches en las muy raras ocasiones de encuentro. La paz sería declarada mediante algunas líneas, muchos años después.
Pero si entre nosotros el choque estaba escrito en el propio ser de las cosas, entre él y el PCI, después PDS, no lo estaba. Salvo sobre un asunto tan decisivo como poco explicitado. Ni facilitó ni obstaculizó el viraje sustancial de Occhetto. Siguiendo aquel constante hilo suyo, coherente, testarudo. Estaba al cabo de la calle de que el PCI no tenía un “proyecto de sociedad”, como le gustaba decir a él, y aún mucho menos uno basado en una transformación del trabajo. Sobre el cual el partido se dividía siempre en una izquierda que se debatía entre la masificación, exaltada como el terreno de una nueva consciencia antagonista y naturalmente igualitaria, y un radicalismo que él no admitía al que acusaba de maximalismo o corporativismo. Todo le parecía subalterno, incapaz de comprender el crecimiento del capital, incapaz de enfrentársele, como máximo, condenado a una defensa de perdedor, cuando no preludio de un salto de la otra parte.
Fue uno de los primeros en comprender la Trilateral, no cedió ante conclusiones sumarias, no creyó en una victoria absoluta del toyotismo, ni minusvaloró un taylorismo duro de pelar en las grandes empresas, creyó en la necesidad de Europa y de la moneda única como un paso adelante en relación a la angustia del estado nacional. Su Marx era el de la liberación de las fuerzas productivas, pero poniendo el acento sobre la irreductibilidad de la persona, sobre su prioridad respecto de la masa, incluso sobre la clase, lo que tenía sus raíces en una lectura suya del personalismo de Mounier, en Maritain, en una Simone Weil amada y criticada por su misticismo. Durante los años 90 había trabajado a fondo “Americanismo y fordismo”, de Gramsci. Su impronta más profunda se encuentra en la persuasión de que el trabajo es a la vez una enajenación y un principio de identidad, que sigue siendo el lugar para la elección de relaciones y la creatividad –que se trata de liberarlo, de liberar al hombre en el trabajo, no del trabajo, no fuera del mismo. Esta es la utopía de su libro menos conocido, los dos ensayos de La città del Lavoro //9, el primero de los cuales es uno de los más severos ataques contra la subalternidad cultural de la izquierda, que había sido también la suya
También entre él y la CGIL, aunque sin rupturas aparentes, debió producirse una dura separación. Al igual que en el PCI, también ésta es despiadada con los dirigentes que dejan por el camino. En la CGIL tomó la dirección de una oficina de estudios que no produjo o a la que no se dejó producir nada de extraordinario, al igual que una Comisión de programas del PDS en mutación. Pasó a ser diputado europeo. Bertinotti, que mientras estuvieron juntos en la secretaría, había sido objeto de sus feroces ataques por extremismo, movimentismo, maximalismo (por otra parte, vueltos a cambiar en la dirección opuesta), lo encontraba en Bruselas, o Estrasburgo, solo, y terminaban desayunando juntos. Iba solo a todas partes, en los actos públicos. En el congreso de Rimini, que abría la larga temporada de Cofferati, Trentin no estaba en la presidencia, sino sentado en mitad de la sala, sin amigos a su lado, y con el diario abierto ante los oradores, incluido el propio secretario.
No sé qué idea se haría de las actuales consecuencias de la mundialización. Nos veíamos cada vez menos en su acogedora casa. En los congresos nos abrazábamos, pero con cierto embarazo, como dos que se hubieran querido mucho hace mucho tiempo. La última vez me lo encontré, inesperadamente, en la manifestación que Il manifesto organizaba a favor de Giuliana Sgrena, secuestrada en Irak. No la recorrimos juntos, nos perdimos entre la multitud. Después, durante los últimos dos años las brutalidades del cuerpo nos acometieron de diversa forma a ambos. Su banal caída en la montaña, a la que amaba más que a cualquier otro lugar, fue una ironía cruel del azar. No sé si se si se recuperó y no sé si pudo reflexionar sobre su vida, sobre su atormentado y quizá feliz itinerario. Seguramente lo habría defendido todo.
NOTAS DEL T.: 1// Confederación general del trabajo, central sindical mayoritaria en Italia, creada originariamente por el PCI. 2// Partito de Azzione, fuerza política nacida del grupo partisano Justicia y Libertad, grupo guerrillero antifascista formado por personas no comunistas y no católicas. El padre de Trentin fue uno de sus dirigentes. //3 Nombre que recibe el poderoso auge de luchas obreras masivas que recorrió Italia durante el otoño de dicho año. //4 Corso de Italia, 25 es la dirección postal de la sede nacional romana de la CGIL. //5 Nombre de la calle romana en que se encontraba la sede nacional del PCI. //6 Se refiere a los acontecimientos acaecidos durante el Xl congreso del PCI en el que los jóvenes ingraianos abrieron un debaten político sin reservas, desde una plataforma política explícita, y fueron sometidos a una tan dura represalia que acabaron abandonando el PCI y tratando de organizar un nuevo partido político. El excelente diario Il Manifesto es una notable secuela de aquel intento. //7 Quaderni Rossi fue una revista política, de corta vida pero de notable repercusión, fundada por Renato Panzieri y en cuyo consejo de redacción estaba la plana mayor de lo que se denominaría el operaismo italiano. Desde sus páginas se teorizó la “Autonomia operaia”. Al desparecer esta revista surgieron otras que continuaron en esta línea ideológica, alguna de las cuales es mencionada a continuación por RR. //8 El barrio más elegante y posmoderno de Roma, donde se encuentran el ministerio de tecnología y diversos palacios para congresos, etc. //9 La città del lavoro, sinistra e crisi del fordismo, Ed. Feltrinelli,Milán, 1997.
Rossana Rossanda es una escritora y analista política italiana, cofundadora del cotidiano comunista italiano Il Manifesto.
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