REPORTAJE: Informe Biocombustibles: ¿es el remedio peor que la enfermedad?
17-10-2007 - Cuando Rudolf Diesel ideó el primer motor que después llevaría su apellido, en realidad estaba pensando en aceite de cacahuete como combustible. Pero el petróleo se impuso como el carburante preferido, ya que era más barato entonces, en 1892, y nadie pensaba que llegaría un día en que escasearía, ni mucho menos, sabían de la perjudicial emisión de sustancias tóxicas. Desde ese momento, tanto gobiernos como empresas privadas no han dejado de ingeniar combustibles alternativos al petróleo, principalmente para evitar la dependencia energética de otros países. Entre estas alternativas se ha llegado a lo que hoy llamamos biocombustibles, entendidos como aquellos de origen biológico obtenidos de manera renovable a partir de restos orgánicos.
Lo que años atrás se perfilaba como la panacea a los problemas derivados del uso masivo del petróleo, hoy se ha convertido en otro nuevo problema. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) insta a las grandes economías mundiales a abandonar su política de subvenciones a los biocombustibles por su “escasa eficiencia y rentabilidad”, una conclusión que el organismo detalla en su informe 'Bicombustibles: ¿es el remedio peor que la enfermedad?', un documento elaborado tras el encuentro sobre desarrollo sostenible celebrado el pasado mes de septiembre en Madrid. En el documento, elaborado por un grupo de expertos de la OCDE, se explica que los biocombustibles “no pueden competir con el precio del petróleo”, --que actualmente se sitúa a 70 dólares por barril -- sin un “apoyo masivo de los gobiernos”. El organismo estima que la reducción de dióxido de carbono (CO2) gracias a los biocombustibles supone sólo de un 3 por ciento, con un “elevado coste” para el contribuyente.
Al evento, organizado por la misma OCDE, asistieron ministros y funcionarios de numerosos países de la Unión Europea y de Estados Unidos, Malasia y Brasil, estos dos últimos grandes productores de biocombustibles. También coincidieron todos los grandes productores de biocombustibles, representantes de la industria privada y organismos internacionales.
Escasez de comida y daños a la biodiversidad, con beneficios limitados
“El incremento de los campos de cultivo dedicados a los biocombustibles amenaza con causar escasez de comida y daños a la biodiversidad, con beneficios limitados”. Es una de las conclusiones más reveladoras que se presentan en 'Bicombustibles: ¿es el remedio peor que la enfermedad?'. El informe de la OCDE denuncia que la creciente demanda de biocombustibles para sustituir a los carburantes fósiles como el carbón, el petróleo o el gas natural, “tendrá consecuencias económicas a nivel mundial”. Como ejemplo, explica el conflicto “comida contra combustibles”, que obligará a los agricultores a elegir entre destinar sus campos de cultivo a la alimentación o a la elaboración de biocombustibles, producidos sobre todo de maíz, caña de azúcar o cereal. A su juicio, se traducirá en un aumento de entre el 20 y el 50 por ciento de los precios agrícolas en la próxima década.
La decantación de los agricultores por la producción de biocombustibles traería como consecuencias un encarecimiento del precio de la comida, según el informe, que augura ya una subida para la próxima década. Y es que, a pesar de que son las regiones tropicales las más adecuadas para dedicarse a estos cultivos, las subvenciones que se otorgan en la Unión Europea provocarán, según el texto, “una destrucción de los ecosistemas naturales, como bosques, humedales y pastos, en favor de las cosechas para energía biológica”.
El documento también hace referencia a la amenaza para el medio ambiente que puede suponer su uso. Se alerta de que si se tienen en cuenta la acidificación de la tierra, el uso de fertilizantes, la pérdida de biodiversidad y la toxicidad del uso de pesticidas agrícolas durante el proceso de producción de bioetanol o biodiésel, su impacto medioambiental “puede superar fácilmente el de la gasolina o el diésel mineral”.
Frenar el cambio climático
Para alcanzar los objetivos de reducción de emisiones definidos en el Protocolo de Kyoto, la Unión Europea puso en marcha en 2005 el Sistema de Comercio de Emisiones (ETS por sus siglas en inglés), por el cual se establecían límites a las emisiones de CO2 las 10.500 centrales eléctricas y grandes plantas consumidoras de energía. La primera fase del ETS está a punto de concluir con un fracaso a la espalda y la esperanza de la Comisión Europea de que la segunda fase traiga consigo resultados.
Si los pronósticos de la FAO y la OCDE se cumplen, al chasco del ETS podría sumarse en unos años el de los biocombustibles. La UE apostó por ellos el pasado marzo, cuando se comprometió a que al menos el 10% de los combustibles consumidos por los automóviles europeos fueran de origen biológico para 2020. Este compromiso supone la importación del 20% del biocombustible necesario y el uso de 59 millones de toneladas de cereales -el 18% de la producción interna-.
La OCDE también se aconseja a los países en vías de desarrollo, como Brasil, gran exportador de bioetanol y otros combustibles biológicos, que utilicen sus fuentes energéticas no sólo desde el “cómodo” punto de vista de la exportación, sino como la vía para identificar nuevas formas de progreso económico, como la investigación en bioenergía.
Algunos diplomáticos en Bruselas tienen dudas sobre que se pueda cumplir el objetivo de la UE en materia de biocarburantes, como el comisario de Medio Ambiente, Stavros Dimas, quien ya ha advertido que los biocombustibles no son una "panacea" para el cambio climático. Sin embargo, el portavoz de Andris Piebalgs, comisario europeo de Energía, anunció que éste publicará a finales de año un plan para lograr este objetivo. "Las nuevas tecnologías tendrán un gran papel", aseguró.
Por todas estas razones, no se ve factible alcanzar una cuota del diez por ciento en el uso de esta sustancia, objetivo defendido por la Unión Europea en marzo pues, según explicó el director de la Mesa De Desarrollo Sostenible de la OCDE, Brice Lalonde, “tan solo Estados Unidos gasta 5.000 millones de euros anuales en subvenciones, elevando el precio del ahorro de una tonelada de CO2 a 360 euros”, una relación que en la UE sería hasta diez veces superior, por lo que “no es posible alcanzar ese objetivo utilizando métodos sostenibles".
La OCDE propone sustituir las subvenciones por políticas neutras que vinculen el pago de impuestos al consumo de CO2: “tales políticas serían más eficaces para regular las emisiones y promover tecnologías eficaces”, explicó Lalonde. Además, sugiere utilizar la Organización Mundial del Comercio para regular este mercado, reducir los elevados derechos de aduanas y dejar a los países en desarrollo, más adaptados para la producción de biomasa, utilizar su ventaja comparativa.
Lalonde subrayó que el asunto debe ser tratado de manera “muy cuidadosa” y que hay que analizarlo “con detalle”, pues no se puede “alimentar a la gente, absorber el carbono y proteger la biodiversidad y los combustibles de los coches a la vez”.
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