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Edición: 05 de septiembre de 2008
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¿Libre comercio o subvenciones a los más pobres?

OCDE vs. ONU: dos estrategias para acabar con la crisis mundial de alimentos.

06-05-2008 - EL alza mundial de los precios de los alimentos ha encendido las luces de alarma. Los expertos ofrecen diferentes recetas para acabar con la crisis. Mientras que desde la OCDE apuestan por fomentar el libre comercio frente al proteccionismo, desde las Naciones Unidas confían en que las políticas basadas en las ayudas a los países más pobres podrían contribuir al fin de la especulación.

Por una parte, Ángel Gurría, secretario general de la OCDE, considera urgente la consecución de un acuerdo comercial multilateral, ya que un retraso en la liberalización del comercio privará a cientos de millones de personas de un futuro mejor. Con los precios de las materias primas agrícolas en máximo, Gurría cree que es el momento para reducir el apoyo agrícola y de liberar la capacidad productiva. Por otra parte, Ban-Ki-moon, secretario general de Naciones Unidas, destaca que no se puede confiar exclusivamente en el mercado. El coreano relata sus experiencias personales de sus viajes por África y aboga por prestar un mayor apoyo a través de ayudas directas a los países en desarrollo. Ban-Ki-moon asegura que para asegurar alimentos para mañana, primero deberíamos actuar hoy prestando a los pequeños agricultores el apoyo para mejorar sus próximas cosechas. El secretario general de la ONU considera que existe un atisbo de esperanza que llega a través de algunas de las iniciativas que se han empezado a tomar en el continente africano, en países como Burkina Faso o Costa de Marfil.

*A continuación, les mostramos las dos soluciones propuestas para el mismo problema, publicadas por el International Herald Tribune.



La necesidad de un nuevo acuerdo mundial de comercio

Ángel Gurría, secr. general de la OCDE

LOS gobiernos de todo el mundo se enfrentan a la debilidad de la economía y a los precios disparados de los alimentos. En medio de su nerviosismo, una importante medida que pueden tomar para ayudar sería llegar a un nuevo acuerdo comercial multilateral.

Liberar el comercio de productos y servicios puede dar a la economía mundial un poderoso impulso en términos de aumento de la innovación y de la productividad. Según la OCDE, una reducción del 50% en las tarifas y otras ayudas que distorsionan el comercio en agricultura y productos manufacturados por sí sola generaría un aumento del bienestar global estimado en 44.000 millones de dólares anuales. Los países en desarrollo están preparados para aumentar el crecimiento del PIB per cápita al año de la liberalización de las tarifas.

Pero los gobiernos siguen dudando, por un sinfín de razones equivocadas. Retrasar más la liberalización del comercio privará a cientos de millones de personas de la oportunidad de acceder a un futuro mejor. Seis décadas de liberalización del comercio multilateral progresiva en virtud de los sistemas del Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio y la Organización Mundial del Comercio han aportado beneficios considerables. En los 20 años que la OCDE ha vigilado atentamente las políticas agrícolas en los países desarrollados, los índices nominales de la protección de precios agrícolas se ha reducido a la mitad.

El volumen del comercio de mercancías mundial es hoy 27 veces lo que era en 1950, comparado con un aumento de sólo ocho veces a lo largo de ese mismo período en el volumen de la producción mundial. Las tarifas industriales en los países desarrollados han caído desde una media del 40% en 1950 hasta menos del 4% hoy.

Pero todavía queda mucho por hacer. Los recortes en la producción y exportación agrícola están fomentando la actual crisis alimentaria. Con los precios de las materias primas agrícolas en el máximo histórico, tenemos una oportunidad única tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo de reducir el apoyo agrícola que distorsiona el comercio, de abrir los mercados agrícolas y liberar capacidad productiva.

Esta ruta, en lugar de la del proteccionismo, es la forma de enfrentarse al alza de los precios de los alimentos y al bajón en las economías. Las restricciones a las exportaciones y los embargos pueden proporcionar alivio a corto plazo a los consumidores en un país concreto, pero desaniman a los agricultores de producir más alimentos en respuesta a la subida de precios.

De forma similar, proteger a los agricultores con aranceles y otras restricciones fronterizas significa precios más altos para los consumidores y menos oportunidades para los proveedores competitivos en el extranjero. Proteger a los productores agrícolas de las oscilaciones en los precios internacionales les hace menos capaces de ajustarse a las demandas del mercado cambiante, lo que se suma a la volatilidad de precios global.

Un viejo proverbio del comercio dice: “La mejor cura para los precios altos son los precios altos”. Los precios altos del petróleo espolean la exploración y explotación de recursos marginales aquí y allá, además de fomentar los esfuerzos para las fuentes de energía alternativas. De igual manera, es de esperar que los precios de las materias primas más altos conlleven una mayor oferta, siempre que los gobiernos permitan que los aumentos de precios se trasladen a los granjeros.
Los gobiernos pueden ayudar a muchos millones de afectados por la subida de precios y la escasez de alimentos proporcionando ayuda humanitaria y alimentos. Pero los gobiernos deberían también adoptar un enfoque más duro con otras políticas que afectan a la oferta de alimentos, como las que han contribuido al aumento de la demanda de biocombustibles.

El análisis de la OCDE indica que la producción de biocombustibles basada en tecnologías de “primera generación” que utilizan stocks de materias primas agrícolas no ofrecerán los beneficios de seguridad energética, medioambiental y económica que han pronosticado.

Otras formas de reducir la demanda de energía y las emisiones de gases con efecto invernadero, combinadas con mayor libertad de comercio en biocombustibles y su producción utilizando nuevas tecnologías de “segunda generación”, que se elaboran a partir de materias primas que no se destinan a la alimentación y se cultivan en terrenos no agrícolas o marginales, ofrecen beneficios potencialmente mayores sin repercusiones indeseadas.

Sin embargo, por encima de todo, un nuevo acuerdo de comercio aportaría beneficios económicos importantes y extendidos. En el oscuro panorama económico de hoy, esto ya no es el lujo innecesario que algunos equivocadamente consideraban que era. Es una cuestión urgente.


Un atisbo de esperanza desde el continente africano

Ban-Ki-moon, secr. general de la ONU.

LA semana pasada, hubo un atisbo de esperanza en la crisis alimentaria mundial. A la espera de una cosecha extraordinaria, Ucrania relajó las restricciones a la exportación. Al día siguiente, los precios del trigo cayeron un 10%. Por el contrario, los operadores en Bangkok marcaron los precios del arroz en 1.000 dólares la tonelada, desde los 460 dólares de hace dos meses.

Así es la volatilidad del mercado de hoy. No sabemos hasta dónde pueden llegar los precios, ni tampoco hasta dónde podrían caer. Pero una cosa es cierta: hemos pasado de una etapa de abundancia a una de escasez. Los expertos están de acuerdo en que los precios de la alimentación quizá no van a volver a los niveles a los que estábamos acostumbrados a corto plazo.

En Liberia, la semana pasada, escuché que la gente había dejado de comprar arroz importado por bolsas. En lugar de eso, cada vez compraban más por tazas porque eso es todo lo que se pueden permitir. Vale la pena recordar que el descenso al caos de Liberia empezó en 1979 con disturbios provocados por los alimentos. En Costa de Marfil, los líderes políticos me dijeron lo preocupados que estaban de que la crisis pudiera perjudicar sus intentos de construir una democracia, en un momento en que, tras una década de esfuerzos, están tan cerca del éxito.

Podría ser tentador dejar que los mercados lo resolvieran todo por sí solos. En teoría, si los precios suben, la oferta también lo hará. Pero vivimos en el mundo real, no en el mundo de las teorías económicas. En el Rift Valley de Kenia, el granero de África del Este, los agricultores están plantando sólo la tercera parte que el año pasado. ¿Por qué, cuando se dice que los precios más altos empujarán a plantar más? Porque no pueden permitirse comprar fertilizantes, cuyo precio también se ha disparado. El mismo panorama se presenta en Mali, Laos y Etiopía. Es una receta para el desastre.

A principios de esta semana, en Berna, reuní a los ejecutivos jefe de las agencias de la ONU y de sus organizaciones más importantes de ayuda multilateral y desarrollo. Acordamos un plan de acción urgente. El primer imperativo es alimentar a los hambrientos. El Programa Mundial de Alimentos ayuda a 73 millones de personas. Pero, para hacerlo, se requieren 755 millones de dólares más sólo para cubrir sus costes en alza. Se han prometido 475 millones de dólares. Pero con promesas no se llena el estómago, y la agencia sólo tiene 18 millones de dólares en efectivo.

No podemos permitirnos seguir bloqueados en esta crisis. Para asegurar alimentos para mañana, debemos actuar hoy prestando a los pequeños agricultores el apoyo que necesitan para mejorar sus próximas cosechas. Por eso es por lo que la FAO ha pedido 1.700 millones de dólares para apoyar una iniciativa de emergencia para proporcionar a los países de bajos ingresos semillas, fertilizantes y otros materiales agrícolas que se requieren para aumentar la producción. El Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola pondrá a disposición otros 200 millones de dólares para los agricultores pobres en los países más afectados. El Banco Mundial está considerando establecer un servicio global de respuesta a la crisis para este propósito.

Podemos enfrentarnos con esta crisis. Tenemos recursos. Sabemos lo que hay que hacer. Deberíamos considerar esto no sólo como un problema sino como una oportunidad. Es una oportunidad enorme de enfrentarnos a la raíz de los problemas de gran parte de la gente más pobre del mundo, ya que el 70% de ellos son pequeños agricultores. Si les ayudamos y les ofrecemos la combinación adecuada de sanas políticas locales e internacionales, la solución llegará.

Viajando por África Occidental, encontré razones para el optimismo. En Burkina Faso, vi un gobierno que trabaja en la importación de semillas resistentes a la sequía y para gestionar mejor la escasez de suministro de agua, ayudado por naciones como Brasil. En Costa de Marfil vimos una cooperativa de mujeres que dirige una granja de pollos montada con fondos de la ONU. El proyecto generaba rentas y comida para los aldeanos de forma que puede ser perfectamente imitada.

Visitando una escuela primaria en construcción en Ouagadougou, conté a los niños como me crié: sin paredes, sólo basura para sentarme. Les expliqué cómo había pasado hambre cuando era un niño, con apenas lo suficiente para comer, con mis abuelos y otras personas mayores escarbando en busca de alimentos y con niños que carecían de lo más imprescindible para crecer. Recuerdo estas imágenes cuando viajo por África, y pienso en la riqueza de recursos de este continente y en la fuerza y el coraje de sus habitantes, tan evidente para mí en las ciudades que he visitado. Si mi país pudo superar sus traumas y convertirse en una potencia económica, África también puede hacerlo.

La Gaceta


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