La puesta en marcha de planes de igualdad en las empresas puede hacerse de otra manera mucho más eficaz y vinculante, menos costosa y plenamente autónoma con relación a los poderes públicos.
11-07-2008 - Me permito llamar la atención sobre la siguiente noticia: Las empresas que quieran poner en marcha planes de igualdad pueden solicitar las ayudas hasta el 12 de agosto. En boca de los poderes públicos se trata de “en concreto, se desarrollarán iniciativas para favorecer la conciliación de la vida personal y laboral de trabajadores y para que las mujeres puedan ocupar puestos de mayor responsabilidad o acceder a aquellos en los que está un poco representadas”. Para ello los poderes públicos destinarán unos dineros: la dotación la conoce quien haya leído la noticia de referencia, citada más arriba. Pues bien, a continuación explico las razones que me llevan a ser inamistoso con dicha medida.
Primero, porque el atinado planteamiento referido –la puesta en marcha de planes de igualdad en las empresas-- puede hacerse de otra manera que es mucho más eficaz y vinculante, menos costosa y plenamente autónoma con relación a los poderes públicos.
Segundo, porque consolida en la sociedad civil el subvencionismo, esto es, el “pitas, pitas, gallinitas”. Vayamos por partes...
¿Por dónde explorar el gran tema de los planes de igualdad en los centros de trabajo, absolutamente necesario para una nueva acumulación de bienes democráticos? Mediante el mecanismo de la negociación colectiva. Capaz de proponer nuevos sistemas de organización del trabajo o, incluso, introduciendo nuevas variables `de género´ en los actuales. De esta manera, entiende un servidor, los planes de igualdad son más eficaces porque se atienen a la fisicidad de la organización del trabajo, estableciendo la vinculación entre todas las variables que la componen y, muy especialmente, entre tiempos de trabajo y tiempos de vida. Que es menos costosa es de cajón, e incluso diré que es más beneficiosa, también para la empresa, porque introduce elementos, aproximadamente más concretos, para racionalizar la producción. Más todavía, porque pone el acento en el trabajo concreto y no en el trabajo abstracto, según las acepciones que el Barbudo de Tréveris dejó sentado. De igual manera, hemos de convenir, que por ese camino de la negociación colectiva, los pacatamente llamados agentes sociales ejercen su propia autonomía, obviando en este caso un gratuito maná-subvención que les viene de los cielos, perdón de la tierra de los poderes públicos. Cuando se está pendiente, como las gallinitas que esperan –pitas, pitas— del alimento externo, la capacidad de innovar el centro de trabajo queda limitado. Porque siempre se está a la espera de Papá-estado.
Y si se está de esa guisa –mientras la tarde languidece y renacen las sombras—quedan fuera de la negociación colectiva los elementos por concretar de la Ley de Igualdad. Es, en esas condiciones, la reedición de la vieja molienda que en el letargo de la noche parece gemir. Moliendo poco café.
José Luis López Bulla
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