Son empresas que en su mayoría llegaron antes de los años 90 atraídas por los bajos costes españoles. Los grupos españoles de sectores maduros como textil, metal o alimentación también se llevan sus fábricas
14-07-2008 - Braun, Lear, Mercedes Benz, Samsung, Philips… y así hasta más de 450
empresas cerraron, sólo entre los y 2007, sus plantas en España para
trasladar la producción a países con mano de obra más económica. Según
datos de la Fundación de las Cajas de Ahorros (Funcas), estas
operaciones afectaron a más de 85.000 trabajadores, pero la lista sigue
abierta y el goteo no cesa: esta misma semana, por ejemplo, el
fabricante de casquillos para bombillas Vitri anunció el recorte de 60
puestos de trabajo en su fábrica de Torelló, en Osona, como parte del
proceso de deslocalización a Eslovaquia de parte de su actividad.
Catalunya
se ha convertido, con diferencia, en la comunidad más afectada por este
fenómeno: un estudio de la Fundación Ortega y Gasset revela que la
mitad de los puestos de trabajo perdidos en España por las
deslocalizaciones entre el 2003 y 2007 fueron en Catalunya. Las
deslocalizaciones afectan especialmente a empresas multinacionales con
sede central en otros países distintos a España: según Funcas, las
empresas de capital extranjero son responsables del 62% de las fugas
empresariales y del 79% del empleo afectado por las mismas, aunque la
fundación asegura que la tendencia está ralentizándose. Según Funcas,
en los próximos años podría darse una retirada de capital extranjero de
la economía española especialmente en sectores considerados maduros
como el cuero, el calzado, la madera y los muebles, pero auguran que la
destrucción de empleo que se generará se verá compensada por la
expansión de las plantillas de otras empresas y por la entrada de otras
actividades manufactureras.
Cuando una empresa anuncia su
intención de trasladarse a otro país, la reacción de las
administraciones públicas del territorio afectado suele variar en
función de su color político o, incluso, del momento electoral en el
que encuentre. En algunos casos las propias administraciones han
llegado a pedir el boicot a los productos de la empresa que anuncia el
cierre. Un caso pionero en España fue, en este sentido, el cierre de
Gillette en 1994 de su fábrica en Alcalá de Guadaira (Sevilla): desde
la Diputación de Sevilla hasta el entonces presidente de la Comunidad
de Madrid Joaquín Leguina, fuero varios los políticos que defendieron
el boicot a esta marca, lo que generó airadas críticas desde el sector
empresarial. Uno de los políticos que reconoció haber dejado de
afeitarse con Gillette fue el socialista Josep Maria Rañé, quien
durante su mandato como conseller de Treball i Indústria de la
Generalitat se enfrentó, entre otras, a las deslocalizaciones de
Philips, Samsung y Braun. En los tres casos Rañé apoyó, de forma más o
menos evidente, el boicot a estas multinacionales, aunque en todos los
casos la presión no sirvió de nada y las empresas marcharon sin
contemplaciones. Alemania defendió los intereses de la germana Braun,
pero hace unos meses fue el gobierno de este país quien promovió un
boicot, en este caso a Nokia: varios ministros y altos cargos, con el
beneplácito de la canciller liberal Angela Merkel, anunciaron que
cambiarían de móvil en protesta por el cierre de su planta en Bochum y
el despido de unos 2.300 empleados.
Los expertos aseguran, no
obstante, que las administraciones públicas deben mantener un papel más
neutral ante las deslocalizaciones y advierten que más vale prevenir
que curar. "Lo más importante que pueden hacer los gobiernos es
intentar hacer atractivo el territorio para que las empresas no se
marchen y además lleguen otras nuevas. - explica Francisco Longo,
director del Instituto de Dirección y Gestión Pública de ESADE-. Cada
territorio debe competir con lo que tiene: en el caso español tenemos
unos costes laborales más altos que otros países pero a cambio podemos
ofrecer infraestructuras o valores de proximidad, por ejemplo. Si la
decisión ya está tomada, lo máximo que pueden hacer las
administraciones públicas es utilizar su poder para intentar minimizar
el impacto, por ejemplo retardando la marcha o promoviendo una ocupación alternativa".
Gregorio
Izquierdo, director del Servicio de Estudios del Instituto de Estudios
Económicos, señala que, aunque las causas de la deslocalización "son
estructurales y no coyunturales", en épocas de crisis como la actual
"se pueden acelerar estos procesos porque las empresas necesitan
ajustar su capacidad productiva, comenzando por las localizaciones
menos rentables". Izquierdo apunta que, ante este panorama, "más que
poner trabas a las empresas que quieran irse, lo que deben hacer las
administraciones es reflexionar en qué se han equivocado y crear un
marco más competitivo". La receta para ello, apunta Izquierdo, pasa por
"liberalizar el mercado del suelo, rebajar el impuesto de sociedades y
las cotizaciones empresariales y flexibilizar el mercado laboral".
En
este sentido Joaquim Solà, profesor de la Universitat de Barcelona,
recuerda que "las empresas van allí donde las condiciones les sean más
favorables: por eso vinieron a España entre los años 70 y 90, en lugar
de irse a Francia o Alemania, y por eso se están marchando ahora a
África o a Europa del Este. A cada país le corresponde pasar por este
proceso en algún momento". Por eso, Solà rechaza de plano adoptar
medidas de presión como un posible boicot: "Si para alterar este
movimiento lógico del capital que se está dando en todas partes, se
toman medidas de fuerza que la empresa identifica como hostiles, la
señal que se está enviando al resto de empresas del mundo es que si
invierten en aquel país tendrán facilidad para instalarse pero muchos
problemas para deslocalizarse - recuerda el profesor-. Debe ponderarse
mucho este tipo de actuaciones porque pueden acabar siendo
perjudiciales para el país. Longo, por su parte, recuerda que "los
gobiernos no están para hacer boicots y este tipo de estrategias les
genera un gran desprestigio. Son gestos de cara a la galería, para
contentar a la opinión pública, y más propios de un populismo político
que de una política seria". Camil Ros, responsable de política
sectorial deUGT de Catalunya, defiende en cambio que "cuando se produce
una injusticia con los trabajadores todas las movilizaciones son
posibles" y reivindica un endurecimiento de la ley para que las
deslocalizaciones no se planteen como un ERE sino como un despido
improcedente, de forma que la indemnización a los empleados afectados
sea de al menos 45 días de sueldo por año trabajado, y no 20.
En
algunos casos, las empresas reclaman a las administraciones inversiones
para evitar su traslado. "Es lógico intentar una negociación pero
siempre poniendo unos límites para no llegar a un chantaje constante
por parte de la empresa", advierte Solà. Longo recuerda además que
"cuando un Gobierno da ayudas a una empresa para que no se vaya está
intentando solucionar un problema particular con el dinero de todos los
contribuyentes, por lo que en cada caso deberá analizarse si realmente
vale la pena. Cuanto más grave sea el impacto social y económico de la
deslocalización sobre el territorio más justificada estará la inversión
pero hay que tener en cuenta que esto no resuelve el problema, sólo lo
pospone".
Una medida que los expertos sí consideran lícita es
que, si una empresa decide cerrar para trasladarse a otro país, las
administraciones le reclamen las ayudas que le concedieron para
instalarse. Así ha ocurrido en el caso de Nokia, a quien el gobierno
alemán reclamó la devolución de más de 40 millones de euros. Solà
señala que de esta forma pueden evitarse situaciones como las que se
han dado en España con algunas empresas que, al cerrar, "han obtenido
una gran plusvalía por la venta de terrenos financiados con dinero
público".
Joan Enric Ricart, profesor de IESE y autor de un
estudio sobre deslocalizaciones, recuerda que España "tiene perdida la
batalla de los costes" industriales y apunta que la estrategia debería
ser llevar estas actividades a otros países para mantener aquí sólo las
de mayor valor añadido, como Mango, que no fabrica ropa en Catalunya
pero mantiene aquí sus centros de diseño y marketing, entre otros.
Esto
es precisamente lo que intentó la Generalitat cuando Braun anunció el
cierre de su planta de Esplugues: pedir a la multinacional que
mantuviera en Catalunya al personal de I+ D de la planta, aunque los
intentos resultaron infructuosos. Antonio Jesús Márquez, uno de los
cientos de trabajadores que perdieron su empleo por la deslocalización
de Braun, recuerda que la plantilla se enteró del cierre "por la
prensa" y se muestra escéptico con el papel que desempeñaron las
administraciones públicas en la negociación: "No sé si hicieron poco o
mucho, pero está claro que no hicieron lo suficiente".
La Vanguardia
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