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Edición: 07 de enero de 2009
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Ni calladas, ni pasivas, ni sumisas

La reforma del Código de Familia ha servido a las mujeres marroquíes para acceder a espacios de dignidad y libertad.

11-08-2008 - Cuatro años, el tiempo que lleva en vigor la nueva Mudawana (Código de Familia marroquí,) han sido suficientes para que la mujer haya protagonizado un salto de gigante hacia la libertad y la igualdad. Ahora son ellas las que inician los divorcios, la poligamia casi ha desaparecido del país, y las niñas, por lo general, no son casadas contra su voluntad. La irrupción de las mujeres en la universidad y en el mundo laboral, junto a la caída de la natalidad, ha hecho posible que sean ellas el principal motor de Marruecos.

Les queda mucho que avanzar, pero, si se echa la vista atrás, da vértigo el camino recorrido desde que en 1990 empezó a formase el movimiento feminista (la red de organizaciones agrupadas en Acción Femenina recogió un millón de firmas para reformar la Mudawana) que en el 2004 logró el reconocimiento legal de la práctica igualdad con el hombre.

Con todo, lo importante es que la Mudawana no se haya quedado en papel mojado. Muchos en Marruecos consideraron que el nuevo Código de Familia, desbloqueado en el 2004 por el rey Mohamed VI, era demasiado avanzado para la mentalidad media de la sociedad, por lo que auguraban una larga y procelosa travesía para su desarrollo y aplicación efectiva. Algo de eso ha ocurrido en el medio rural más atrasado, pero en las ciudades su llama ha prendido de forma generalizada. Tanto, que los sectores conservadores acusan a la Mudawana de dinamitar las familias.

El año 2007 hubo en Marruecos 21.328 divorcios, de los que sólo 2.666 fueron de mutuo acuerdo. El año anterior hubo 14.791. El Ministerio de Justicia no da datos de los divorcios iniciados a instancia de mujeres, pero las organizaciones feministas consultadas aseguran que son mayoría. La poligamia ha sido barrida, y reducidos drásticamente los matrimonios acordados por las familias. Una virtud de las organizaciones feministas es que no se conforman con las conquistas logradas. Reconocen que la situación ha mejorado mucho, pero demandan a los jueces menos reticencias a la hora de resolver las demandas de divorcio presentadas por mujeres. Y más equidad en el reparto de los bienes y en la imposición de pensiones compensatorias para los hijos. Asma Bagdadi, presidenta de Manos Solidarias, pide una nueva reforma de la Mudawana porque "la realidad social ha vuelto a desbordar las leyes, en especial a la hora de reclamar la custodia de los hijos, que prima a los hombres". Otras feministas ponen el acento en la actitud retrógrada de muchos jueces, empeñados en empujar a la reconciliación a la mujer que demanda el divorcio, cosa que no hacen cuando es un hombre. Fathía Yacoubi, presidenta del Foro de la Mujer para la Igualdad y el Desarrollo, denuncia que los llamados árbitros de familia (un pariente de cada parte que trata de mediar en el conflicto) sean siempre hombres.

La arabista Lola López Enamorado, directora del Instituto Cervantes de Marrakech, asegura que la imagen que se tiene en Europa de la mujer marroquí dista un abismo de la realidad. La mujer ha dejado de ser considerada menor de edad a todos los efectos. Antes tenía que estar bajo la tutela de un hombre, primero el padre, después el esposo, y si enviudaba o era repudiada, volvía al regazo del padre o de algún hermano. López Enamorado afirma que "las mujeres marroquíes son ahora adultas a todos los efectos. Además, conscientes de su poder, se han puesto de brazos en jarra. No son nada sumisas".

Por su parte, Khadija Sabil, directora de la revista Femme de Maroc,confirma el avance y sostiene que, aunque la poligamia legalmente persiste, en la práctica se ha hecho casi imposible porque el marido necesita permiso de la primera esposa para volver a casarse y, así y todo, después tiene que obtener la autorización de un juez que estudia las condiciones económicas e impone que las dos esposas dispongan de hogares separados. Ahora, al contrario que antes del 2004, las madres solteras registran a sus hijos con toda naturalidad. Está castigada la infidelidad por igual en hombres y en mujeres. Ellas no necesitan permiso del padre o del marido para hacerse el pasaporte y pueden crear empresas y firmar contratos mercantiles.

JOSÉ BEJARANO
La Vanguardia


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