Los propietarios de vehículos de transporte privado consumen al día casi 20 millones de barriles de petróleo, algo menos de la cuarta parte de la extracción mundial.
21-08-2008 - Partimos del hecho de que tienen coche aquellos que hoy en el Mundo tienen mayor poder adquisitivo. Son una minoría, porque la mayor parte de la población mundial se mueve caminando, en transporte público, a lomos de algún animal o en bicicleta. Los propietarios de vehículos de transporte privado consumen al día casi 20 millones de barriles de petróleo, algo menos de la cuarta parte de la extracción mundial. Para muchos de ellos, el vehículo de uso individual se ha convertido en algo imprescindible, porque el urbanismo de las regiones con mayor renta per capita se ha diseñado alejando usos y consumos de forma creciente: el famoso “suburbia” americano se ha apoderado del esquema de ordenación de muchos territorios: la compra, el trabajo, el ocio, la familia, etcétera, se hayan a kilómetros de distancia, salvados por el uso incesante del coche, convertido además en objeto de culto. Como en su momento advirtió el filósofo Iván Illich, en realidad nos hemos convertido en reos de la velocidad creciente, promoviendo un modelo social – y mental - que considera inmutable la pulverización cotidiana de las distancias. En vez de eso, tenemos hoy sufridas retenciones, a través de atascos que las carreteras no resuelven y, sobre todo, costes crecientes para mantener ese imposible escenario.
Precisamente la subida del precio del combustible ha disparado, de nuevo, la que podemos denominar como ideología del coche eléctrico. Según sus preceptos, en realidad el incremento del carburante y el freno a otras tecnologías es parte de una operación de corte conspiranoico que se tienen entre sí las empresas de coches y las petroleras, para desecar la sufrida piel del automovilista. Piensa el imbuido por la ideología del coche eléctrico que, sin esos obstáculos, todo sería perfecto: tendría un enchufe en casa y, mientras duerme, cargaría dulcemente su vehículo – que en absoluto perdería prestaciones de confort, velocidad punta, etc. – para, al día siguiente, volver a usarlo, con el valor añadido de que el coche contaminaría mucho menos y sería muy silencioso.
Claro que este amable cuadro de trazos futuristas cuenta con algunos peros importantes, que el consumidor del coche de combustión interna no se suele plantear. Sustituir la flota de turismos actual – más de 700 millones en el Mundo, y más de 20 millones en España - por no hablar de los vehículos de transporte pesado, requeriría multiplicar por varios enteros la potencia eléctrica instalada. Dado que hoy la electricidad se genera, fundamentalmente, con combustibles fósiles, nuclear y energía hidroeléctrica (la energía eólica y solar, conjuntamente, contribuyen con menos del 1% al mix eléctrico mundial), habría que buscar los recursos energéticos para – con el objetivo de que el mayor consumidor de energía de la Historia (el automovilista medio) no se baje de su vehículo – ampliar constantemente una red eléctrica que, ya de hecho, está sufriendo varapalos para el mantenimiento de su estabilidad en decenas de países del Mundo. Por supuesto, sería preciso cambiar por completo todas las instalaciones eléctricas (tendidos, subestaciones, transformadores, etc.) con el objetivo de que los hogares tengan suficiente potencia instalada – sin que reviente el sistema por completo – para soportar la recarga diaria de vehículos con una tonelada de peso de media que llegan de 0 a 100 km. en algunos segundos.
Para muchos (más aún para el consumidor medio de transporte privado), los límites de recursos energéticos no son un problema (aunque las advertencias crecientes están poniendo en solfa este dogma de “Tierra infinita”), y cree que, en realidad, lo que falta es dinero para reconvertir todo el sistema eléctrico, además del sistema completo de funcionamiento y buena parte de los materiales de la automoción moderna, que ahí es nada. Y es, precisamente, en el aspecto de la financiación de esta reconversión donde se encuentra el siguiente obstáculo. Lo que mantiene el actual sistema financiero es la energía – base de cualquier modelo económico - aún barata de los combustibles fósiles, que queremos extraer con tasas crecientes del subsuelo. Como mantener esta tendencia de consumo exponencial es imposible (por límites físicos), se está poniendo nada menos que en cuestión la base del conjunto de nuestra economía: prestar dinero para crecer. La financiación, en la era del decrecimiento económico, será una ardua tarea, probablemente reservada para cada vez menos, lo que hace pensar que, más que mascullar escenas idílicas de flotas masivas de coches eléctricos, deberíamos centrarnos en reducir sustancialmente nuestra movilidad media, adaptándonos a una era de precios crecientes de la energía; planificar un territorio que exigiera moverse mucho menos; concentrar los esfuerzos de electrificación en el transporte colectivo y, sobre todo, desnudar el mito del coche privado – eléctrico o con gasolina - que sigue siendo, como dijo el antropólogo Marvin Harris, la auténtica vaca sagrada que pocos se atreven a cuestionar.
Juan Jesús Bermúdez Ferrer
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