Es un hecho que el mundo empresarial ha adquirido un poder y una influencia inimaginables hasta ahora. Hoy la empresa rige en gran parte la sociedad y las relaciones humanas.
05-09-2008 - En su reciente libro Une breve histoire de l’avenir, Jacques Attali explica que cada uno de los tres poderes dominantes (religioso, militar y mercantil) ha controlado la riqueza a lo largo de la historia y que ésta puede relatarse como la sucesión de tres órdenes políticos: el “Orden ritual”, en el que la autoridad es esencialmente religiosa; el “Orden imperial”, en el que el poder es ante todo militar; y el “Orden mercantil”, en el que el grupo dominante es el que controla la economía. Actualmente, hemos alcanzado la última etapa y el deus ex machina del orden actual es la empresa económica. Cincuenta y una de las cien mayores entidades existentes en el mundo son empresas multinacionales, con el treinta por ciento de la producción y el setenta del comercio mundiales y, si comparamos sus presupuestos con los de los estados, observamos que solamente cinco estados tienen presupuestos superiores a las nueve primeras empresas globales.
Tanto es así, que muchos se muestran abrumados frente al poder de la empresa. En su controvertido opúsculo The Corporation, Joel Bakan afirma que “durante los últimos 150 años, la empresa se ha erigido de una relativa oscuridad hasta convertirse en la institución dominante en el mundo. Hoy, las empresas controlan nuestras vidas. Deciden lo que comemos, lo que vemos, lo que vestimos, donde trabajamos y lo que hacemos. Nos hallamos inexorablemente rodeados por su cultura, icononografía e ideología. Y, al igual que la iglesia y la monarquía en otros tiempos, se muestran infalibles y omnipotentes, glorificándose en imponentes edificios y elaboradas manifestaciones. De forma creciente, las empresas dictan las decisiones de sus presuntos supervisores y controlan ámbitos de la sociedad que otrora se hallaban firmemente contenidos en la esfera pública”.
Compartamos o no la anterior visión, la realidad es que el mundo empresarial, en su conjunto, posee hoy una fuerza y ejerce un poder enormes, muchas veces en detrimento o en sustitución de los propios estados. De ahí que hoy recaiga sobre la empresa una indeclinable responsabilidad en la solución de los problemas sociales y medioambientales y, no sólo de los que ella misma pueda crear, sino en general de los que afligen al mundo.
A pesar del colosal progreso, el mundo es objeto de numerosos flagelos derivados de la pobreza. Cerca de cuatro mil millones de personas, dos tercios de la humanidad, viven en situación de pobreza, y dos mil millones, un tercio, de extrema pobreza. La pobreza, según The Economist (20 septiembre 2000), constituye el mayor problema moral, político y económico de nuestro tiempo. De ella se derivan los demás azotes que diseminan los cuatro jinetes apocalípticos: el hambre, la ignorancia, las pandemias, las guerras, el terrorismo, la corrupción…
Lejos queda 1970 en que Milton Friedman, el maestro de la economía neoliberal y laureado con el Nobel, defendía que “la única responsabilidad de la empresa consiste en utilizar sus recursos y en dedicar sus actividades a incrementar sus beneficios”, porque la empresa no se halla ya limitada a la fabricación de productos y a la provisión de servicios, sino que el ámbito de sus deberes es más amplio. Como decía Winston Churchill, “a mayor poder, mayor responsabilidad”. Hoy, además de producir beneficios, debe promover también los intereses de sus empleados y de los demás partícipes (stakeholders) (proveedores, clientes, la comunidad en la que operan y la sociedad en general), proteger el medio ambiente y respetar los derechos humanos, es decir, lo que John Elkington llamó los three bottom lines: people, planet and profit.
Yo soy optimista porque creo que el mundo empresarial es consciente de la responsabilidad global que recae sobre el mismo y que sabrá actuar en consecuencia. No es la primera vez que el mundo llama a rebato a los hombres de empresa. En el siglo pasado el mundo estuvo a punto de auto aniquilarse por dos veces en las guerras europeas que involucraron a las demás potencias mundiales. Al final de las contiendas, cuando la humanidad se percató que no podía arriesgarse al suicidio una vez más, no fueron los militares los que encontraron la solución, ni fueron los políticos, sino que hubo que acudir a los empresarios los cuales, a través de sus acuerdos sobre el carbón y el acero y su mercado común económico, unieron Europa creando la solidariedad y sostenibildad política y económica necesarias. Nuevamente es preciso recurrir a los hombres de empresa para que aporten solución a los problemas del planeta y así den muestras una vez más de su poder y también de su gloria.
Ramón Mullerat, Ex co-presidente del Comité de la Responsabilidad Social de la Empresa de la International Bar Association
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