A lo largo de todo el territorio de Cisjordania, Israel ha implantado varias zonas industriales. En estas empresas, los trabajadores palestinos no tienen otra elección que aceptar las condiciones inhumanas a las que les someten sus patrones.
18-09-2008 - En el parque tecnológico de Nitzanei Ha’ Shalom, cerca de la ciudad palestina de Tulkarem, en el norte de Cisjordania, las fábricas israelíes emplean aproximadamente unos 700 trabajadores palestinos para producir todo tipo de productos: cartón, plásticos y pesticidas. Muchos de sus trabajadores palestinos afirman que es mejor aceptar estos trabajos que estar sin nada. La mayoría trabajan más de ocho horas al día, seis días a la semana y por unos 11 shekels la hora (aproximadamente unos 2 euros), 7 shekels por debajo del salario mínimo israelí. Este salario les permite obtener lo justo para vivir y aún siendo conscientes de que su situación no es verdaderamente ideal, se consideran “afortunados” por tener estos empleos y poder mantener a sus familias.
Pero si indagamos un poco más, nos damos cuenta de que estos palestinos trabajan en condiciones inhumanas: la mayoría de las empresas son subcontratas israelíes, muchas veces sin nombre y sin registro. Los palestinos trabajan apelotonados en pequeños locales, sin luz ni ventilación, sin trajes especiales de trabajo, sin descansos, sin aseos y sin la posibilidad de pedir la baja laboral por enfermedad. Sencillamente, esperan que las puertas de acero, una vez abiertas, les marquen el final del día. Algunos se han quejado de las condiciones en las que trabajan a sus patrones pero en la mayoría de los casos, la respuesta llega en forma de amenazas y despidos. Los propios trabajadores son conscientes de que no son tratados como personas, de que no existen y sienten que reciben el mismo trato que los animales.
En Barkan, la situación es parecida. Barkan es la zona industrial más grande de toda Cisjordania. Reúne 120 fábricas, empleando unos 5.000 palestinos que se encargan de producir plástico, acero, productos alimenticios y textiles. Pero este recinto industrial vio como disminuía el número de trabajadores palestinos “legales” o con permiso de trabajo después de la Segunda Intifada. Antes del año 2000, Israel llegaba a emplear unos 150.000 palestinos, sin contar todos los “irregulares”, mientras que ahora apenas llegan a ser unos 10.000. El Muro del Apartheid ha frenado la entrada de “irregulares” ya que la posibilidad de entrar ilegalmente a Israel es prácticamente imposible.
En Jericó, ciudad palestina localizada cerca de la frontera con Jordania, no nos encontramos con una situación mejor: los recolectores de dátiles que trabajan para las colonias ilegales israelíes, son obligados a trabajar en verano más de diez horas diarias bajo temperaturas que pueden superar los 40 grados centígrados, sin aseos, con un salario muy por debajo del legal y en condiciones de inseguridad absolutas. Lo peor es que, la mayoría de trabajadores son menores que, debido a la precaria situación de sus familias, no tienen otra elección que dejar los estudios (si es que en algún momento los empezaron) y ponerse a trabajar.
Más del 60 % de la población total y el 46 % de la población nativa de Cisjordania vive bajo el umbral de la pobreza. La mitad de la población palestina son menores de edad y cada asalariado debe mantener aproximadamente unas diez personas. Ante esta situación, muchos de los palestinos que se encuentran sin trabajo, en contra de su voluntad, deciden buscarse la vida e intentar ser empleados en las colonias ilegales israelíes en Cisjordania. Parece difícil creer que, en el año 2008, estos trabajadores vivan esta situación “colonial” en su propio territorio. Sin embargo, no deja de ser otro reflejo de la penosa realidad, bajo la ocupación militar israelí, en la que viven los palestinos.
Aún así, encontrar trabajo en una empresa o colonia ilegal israelí no es para nada una tarea fácil. Primero se debe obtener un permiso por parte de los mandos militares (una tarjeta magnética) que da derecho a poder cruzar los checkpoints o puntos de control israelí; esta tarjeta se recibe una vez se han pasado los interrogatorios por parte de los servicios de inteligencia de Israel. Al mismo tiempo, el futuro trabajador debe solicitar un permiso de trabajo en la Oficina de Empleo israelí. Los costes de todo este proceso los cubre el empresario. Al igual que este permiso de trabajo es de “oro” para los palestinos también lo es para los empresarios, ya que los usan como medio de presión y acoso sobre sus empleados que nunca pueden ser probados porque carecen de contrato, seguro y tienen miedo de ser despedidos.
Estas zonas industriales funcionan según el principio de “divide y vencerás”. Aquellos palestinos que tienen un “buen comportamiento” reciben un buen salario y son pagados diariamente, no a la semana; a cambio, trabajan como “informadores” para el patrón. Para rizar el rizo, las mafias palestinas que recolocan trabajadores en las empresas o colonias israelíes, también se enriquecen a costa de explotar y utilizar sus propios paisanos. Estas mafias forman parte del sistema y son un eslabón indispensable entre el empresario israelí y el trabajador palestino.
Mireia Gallardo Avellán, delegada de Paz con Dignidad en Palestina.
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