Las compañías han de responder no sólo ante los accionistas sino también ante el resto de los stakeholders
17-02-2010 -
En busca de un modelo
más apropiado para el día a día de las empresas, surgen teorías que
pretenden condensar y alinear el tradicional modelo de gestión económica
con los principios de la RSC necesarios para huir del cortoplacismo y
buscar un desarrollo sostenible. Proliferan así múltiples reflexiones,
desde la teoría del “desempeño social corporativo” que sostiene que las
empresas, además de generar riqueza, tienen una responsabilidad -más
allá de la puramente legal- en los problemas sociales que ellas mismas
generan, hasta las propuestas de Ética Empresarial y Económica
Dialógica, fundamentada en la teoría ética del discurso inspirada en las
teorías de Habermas.
Lejos quedan los tiempos en que Milton
Friedman, en su libro “Capitalismo y libertad” (1962) aseguraba que “
pocas tendencias podrían socavar tan profundamente los fundamentos de
nuestra sociedad libre como que los directivos de las empresas asumiesen
otro tipo de responsabilidad que no sea generar tanto dinero como fuera
posible para sus accionistas”. Actualmente, se admite como verdad
inquebrantable que la compañía ha de ser responsable no sólo ante sus
accionistas, sino también ante el resto de sus stakeholders: clientes,
proveedores, competidores, medios de comunicación, empleados, ONGs, el
sector público y el resto de la sociedad en general. Esto ha derivado en
una proliferación de conceptos relacionados con la responsabilidad
social: gobierno corporativo, ciudadanía corporativa, triple balance,
auditoría social y medioambiental, transparencia, sostenibilidad, etc.
MODELOS
DE COMUNICACIÓN
A la hora de encauzar la RSC de forma accesible
para los grupos de interés, destaca la importancia de la comunicación y
la transparencia, que permiten conocer qué expectativas tiene el público
y si el servicio está siendo satisfactorio. En 1927 Arthur Page, por
entonces vicepresidente de comunicación de AT&T decía: “las empresas
en un país democrático comienzan con el permiso del público y existen
por su aprobación”. Décadas antes, en 1882, el industrial William Henry
Vanderbilt afirmaba “ ¡Maldito público!. Yo trabajo para mis
accionistas”. Estas dos formas opuestas de ver la gestión empresarial y
de enfocar la comunicación siguen vigentes y diferenciadas hoy en día.
En el artículo "A Cross-National Study of Corporate Governance and
Employment Contracts", publicado en Business Ethics, A European Review,
se echaba una mirada al modo en que empresas de todo el mundo conforman
sus gobiernos corporativos, llegándose a la conclusión de que todo se
reduce a dos modelos que compiten entre sí: el de los accionistas o modo
de control externo y el de los grupos de interés o enfoque interno.
Según
esta investigación, en los países que han heredado la tradición legal
anglosajona, como EEUU, Reino Unido, Canadá y Australia, el gobierno
corporativo se centra fundamentalmente en los inversores externos a la
empresa o accionistas, y los cargos directivos suelen estar sometidos a
sistemas de incentivos y castigos dependiendo de la consecución o no de
los objetivos de esta. Así, en EEUU, donde la retribución está
normalmente ligada al nivel de rentabilidad, la mayoría de empresas
optarían por la reducción de plantilla para mantener la rentabilidad.
Sin
embargo, en países como Alemania o Japón, donde la dirección
tradicionalmente tiene en cuenta la opinión de los grupo de interés en
la toma de decisiones de los principales asuntos empresariales, la
estabilidad laboral es el elemento principal del gobierno corporativo.
La objeción más común de los detractores de ésta última teoría es que
trata a todos los "interesados" de la misma forma cuando sus derechos
son distintos. Además es muy difícil llevar a cabo una propuesta de la
teoría, sobre todo en la representación de los grupos de interés en el
proceso de toma de decisiones.
De ese modo, y a raíz de un
estudio del modelo basado en la gestión de los accionistas (gobierno
corporativo) y el basado en la relación directiva-empleados (gestión
laboral), los autores del citado informe llegaban a la conclusión de que
los empleados deberían tener una posición privilegiada entre los grupos
de interés en los momentos en que las inversiones específicas de la
empresa se encuentran en un punto crítico del proceso de creación de
riqueza típico de las organizaciones económicas. De esta forma, serán
los beneficiarios potenciales de esas inversiones concretas pero también
compartirán la responsabilidad del riesgo.
EL PODER Y LA
RESPONSABILIDAD
En otro orden de cosas, la teoría del “desempeño
social corporativo” es una síntesis que incluye principios de RSC
expresados en niveles distintos: el institucional, organizacional e
individual; los procesos de responsabilidad social corporativa y los
resultados de la conducta corporativa. El epicentro de esta teoría de
responsabilidad pública es que las empresas y la sociedad son dos
sistemas interconectados y que las instituciones sociales son
interdependientes. Bajo esta consideración las empresas deberían ser
socialmente responsables porque ellas existen y operan en un hábitat
compartido. En el capítulo "Corporate Social Responsability Theories",
incluido en el libro "The Oxford Handbook of Corporate Social
Responsibility", su autor Domenec Mèle, expone sin embargo que este
modelo tiene varias debilidades, como la vaguedad del concepto de RSC y,
más importante, la falta de integración entre ética y actividad
empresarial. No se habla pues de ética, sino de demanda sociales. Y a
pesar de las múltiples variantes teóricas, quedan todavía muchos
expertos que sólo ven la RSC como cierto control social a la empresa o
como una forma de dar una cara humana al capitalismo.
Volviendo a
la tradicional teoría del “valor del accionista”, su adalid Milton
Friedman aseguraba también que "en esta economía sólo existe una
responsabilidad social para la empresa: usar sus recursos y
comprometerse a desarrollar acciones dirigidas al aumento de sus
ingresos mientras se mantenga dentro de las reglas del juego, esto es,
comprometida con la libre competencia". Frente a ello, lo que debe
primar ahora mismo en un sistema productivo que busca la sostenibilidad a
largo plazo es la idea de que la creación de riqueza, a pesar de ser
una parte esencial de la responsabilidad social de la empresa, no es la
única. Así, el experto Peter Drucker es de la opinión de que la
productividad y la responsabilidad son conciliables, y el reto es
convertir la RSC en oportunidad de negocio: "convertir un problema
social en una oportunidad y un beneficio económico, en capacidad
productiva, en competencia humana, en trabajos bien pagados y en
riqueza".
Por supuesto, la teoría del “valor del accionista”
ostenta una gran debilidad, puesto que se limita a cumplir la ley, sin
ninguna implicación de sesgo moral, por lo que cuando las leyes son
relajadas o permisivas sucede que la riqueza se incrementa más y más a
la par que se explota a los trabajadores, los consumidores son
manipulados y engañados y los recursos naturales se agotan. Esto
evidencia que no puede lograrse el éxito económico de un modo sostenible
si los ejecutivos no tienen en cuenta las necesidades y los intereses
de la totalidad de sus stakeholders.
CIUDADANÍA EMPRESARIAL
En
los últimos tiempos abundan las teorías que sostienen que la empresa
debe contribuir al bien social más allá de lo que las leyes indican y
obligan. Se sugiere que un buen ciudadano corporativo es el que está
activamente comprometido con promover "buenas actuaciones" de la empresa
en la sociedad. Esta noción de ciudadanía inspira responsabilidades y
derechos individuales en el seno de una comunidad política, teniendo
como concepto clave la “participación” en la sociedad más que una serie
de derechos y obligaciones individuales. Últimamente ha cundido incluso
el término de “ciudadanía corporativa global” que aúna la anterior
definición al fenómeno de la globalización.
Esta teoría supera la
idea de que la empresa es un ente aislado de la sociedad en la que se
integra, exclusivamente sometido a la bipolaridad mercado-Estado. Supera
también la tradicional concepción que reduce los negocios a un
propósito económico; y sin embargo, adolece del defecto de estar
asentada sobre cimientos difusos, resultando muy difícil determinar
cuáles son los estándares globales de la ciudadanía empresarial.
Así
pues, no existe una única teoría, sino un puñado de ellas que se
contradicen y se alinean, se oponen y se complementan, construyendo
entre todas el complejísimo puzle de la Responsabilidad Social
Corporativa entendida como herramienta global de gestión integrada en el
ADN de las compañías.
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