Resumen del proyecto de investigación titulado Situación de las trabajadoras de las maquilas de El Salvador, realizado por la autora del artículo para el Master en Género y Políticas de Igualdad entre Mujeres y Hombres (2007-2009) y tutorizado por Belén Morales.
02-03-2010 - TRABAJO digno es aquél que es productivo para hombres y mujeres, que permite vivir dignamente, que se elige y se desarrolla en condiciones de libertad, equidad, seguridad y dignidad humana.
Sin embargo, son numerosas las personas que, en pleno siglo XXI, no tienen opción a realizar un trabajo digno. Esto es especialmente evidente en países del centro y sur de América. En El Salvador la pobreza azota con fuerza, especialmente en las maquilas, a pesar de ser el sector económico que sostiene el PIB del país, y en el que se emplean mayoritariamente mujeres.
Las relaciones entre hombres y mujeres están marcadas por la desigualdad. A ellas se les educa en la creencia de que su valor está vinculado a los hombres que hay en sus vidas (padres, hermanos, maridos, hijos...). La Iglesia católica ejerce un gran poder, por lo que no existe la planificación familiar, no se permite usar métodos anticonceptivos y el número de hijos e hijas es numeroso. Para los varones, la paternidad sólo es una muestra de virilidad, no implica asumir responsabilidades y, en muchos casos, se desentienden de sus criaturas, lo que lleva a las mujeres a asumir en soledad la jefatura del hogar.
Según el Banco Central de Reserva, la mano de obra empleada en la maquila salvadoreña es especialmente femenina. Se estima que el 83,96% de las personas que laboran en este sector son mujeres. De ellas, el 80,69% trabajan como obreras; del resto, sólo ocupan puestos de responsabilidad el 1,30% como supervisoras y el 0,11% como gerentas.
Este sector concentra la mayoría de empresas instaladas bajo el régimen de zonas francas. Es decir, son las únicas dueñas del total de las ganancias que genera su producción. En ellas, no rigen, ni se cumplen, las leyes laborales del país donde se instalan y, por lo general, los gobiernos locales tampoco tienen interés por negociarlas.
Por otra parte, se violan constantemente las medidas de seguridad e higiene. Por ejemplo, el uso y los desechos químicos tóxicos empleados en el sector textil están entre las principales causas de problemas de salud de quienes trabajan sin ningún equipo protector, provocando dolores de cabeza, vómitos, malestar estomacal, erupciones en la piel, cáncer...
Con respeto al tiempo, se trabaja en turnos rotativos las 24 horas del día, en secciones de 8 horas diarias, con 15 minutos de descanso para el desayuno y 45 minutos para el almuerzo. El salario mínimo se fijó, en 2009, en 196 dólares mensuales (134 euros), lo que no permite un nivel de vida adecuado, pues el coste de la canasta de la compra básica es de 669 dólares (460 euros). Además, los patronos descuentan una cuota del salario para la seguridad social, pero en innumerables ocasiones esa cuota no se entregará nunca a los organismos correspondientes. Esto implica que las trabajadoras se encuentran desamparadas cuando enferman. Tampoco existen aportaciones al sistema de pensiones.
Las chicas pueden comenzar a trabajar en las maquilas a partir de los 16 años y suelen mantenerse hasta los 30, aproximadamente. A partir de esta edad se les considera mayores para este trabajo. En ocasiones se les solicita una prueba previa para garantizar que no están embarazadas y las empleadas son despedidas cuando lo están.
El 41% de las trabajadoras son acosadas sexualmente, el 44% de los acosadores tienen puestos de mando en las empresas. El 68% de quienes sufren acoso tienen como jefe inmediato a un hombre, y el 53% de las acosadas tienen entre 19 y 25 años.
En las maquilas no se aplican los derechos básicos de libertad sindical ni los principios del derecho de sindicalización ni, por supuesto, existe la negociación colectiva. Las trabajadoras que intentan organizarse para defender sus derechos son despedidas y quedan proscritas para encontrar trabajos similares en otras maquilas, siendo condenadas al desempleo o al trabajo informal; ya que, por lo general, carecen de formación y realizan trabajos manuales. En algunos casos son perseguidas, despedidas, amenazadas e incluso asesinadas por tratar de desarrollar un trabajo sindical.
La situación de pobreza extrema lleva a aguantar condiciones de trabajo inhumanas; a vivir situaciones de vulnerabilidad e indefensión absoluta, donde no se respetan derechos humanos básicos. La intervención inmediata, a través de la cooperación internacional, facilitaría cambios en positivo y ayudaría al desarrollo socio-económico de El Salvador y de los países de su entorno.
La falta de presencia sindical en los centros de trabajo es otro de los déficit que hay que superar y un pilar básico para cambiar la situación laboral. En El Salvador hay una gran diversidad (existen 9 centrales sindicales) que genera debilidad a la hora de afrontar los problemas laborales de forma colectiva. En este sentido, trabajar para el reforzamiento de las organizaciones sindicales es una tarea clave y prioritaria. También el movimiento de las mujeres ha de hacerse más fuerte, de modo que pueda “empujar” a los Gobiernos a tomar acciones con vista a garantizar la igualdad entre géneros.
Las actuaciones han de venir desde varios frentes, entre otros, desde: la acción sindical, la salud laboral y el acoso sexual y laboral. Desde la acción sindical habría que: impulsar políticas e iniciativas que promuevan la libertad sindical; combatir la atomización sindical, impulsando al mismo tiempo la unidad de acción entre las diferentes organizaciones nacionales; promover un funcionamiento interno de las organizaciones que sea más representativo y democrático donde se impulse el liderazgo sindical de mujeres y jóvenes; potenciar la capacidad de propuestas y autonomía del movimiento sindical; y, articular estrategias de coordinación nacional, regional e internacional, reforzando así las capacidades de intervención.
Desde la salud laboral: exigir revisiones médicas periódicas a las trabajadoras y a las empresas planes de evaluación de riesgo en los centros de trabajo; dotar a la plantilla de equipos de protección (mascarillas, guantes, etc); prohibir terminantemente la utilización de sustancias tóxicas o cancerígenas para el tratamiento de la ropa; y, denunciar las situaciones de insalubridad.
Para finalizar, y en relación al acoso sexual y laboral habría que: concienciar a las propias trabajadoras; regular el acoso sexual como delito en el código de trabajo; garantizar protección, apoyo psicológico y cobertura legal a las víctimas; y establecer un protocolo de prevención en las empresas.
Antonia Martos es secretaria de la Mujer de CCOO de Andalucía.
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