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¿Libre comercio o subvenciones a los más pobres?

OCDE vs. ONU: dos estrategias para acabar con la crisis mundial de alimentos.

EL alza mundial de los precios de los alimentos ha encendido las luces
de alarma. Los expertos ofrecen diferentes recetas para acabar con la
crisis. Mientras que desde la OCDE apuestan por fomentar el libre
comercio frente al proteccionismo, desde las Naciones Unidas confían
en que las políticas basadas en las ayudas a los países más pobres
podrían contribuir al fin de la especulación.



Por una parte,
Ángel Gurría, secretario general de la OCDE, considera urgente la
consecución de un acuerdo comercial multilateral, ya que un retraso en
la liberalización del comercio privará a cientos de millones de
personas de un futuro mejor. Con los precios de las materias primas
agrícolas en máximo, Gurría cree que es el momento para reducir el
apoyo agrícola y de liberar la capacidad productiva. Por otra parte,
Ban-Ki-moon, secretario general de Naciones Unidas, destaca que no se
puede confiar exclusivamente en el mercado. El coreano relata sus
experiencias personales de sus viajes por África y aboga por prestar
un mayor apoyo a través de ayudas directas a los países en desarrollo.
Ban-Ki-moon asegura que para asegurar alimentos para mañana, primero
deberíamos actuar hoy prestando a los pequeños agricultores el apoyo
para mejorar sus próximas cosechas. El secretario general de la ONU
considera que existe un atisbo de esperanza que llega a través de
algunas de las iniciativas que se han empezado a tomar en el continente
africano, en países como Burkina Faso o Costa de Marfil.



*A
continuación, les mostramos las dos soluciones propuestas para el mismo
problema, publicadas por el International Herald Tribune.







La necesidad de un nuevo acuerdo mundial de comercio



Ángel Gurría, secr. general de la OCDE



LOS
gobiernos de todo el mundo se enfrentan a la debilidad de la economía y
a los precios disparados de los alimentos. En medio de su nerviosismo,
una importante medida que pueden tomar para ayudar sería llegar a un
nuevo acuerdo comercial multilateral.



Liberar el comercio de
productos y servicios puede dar a la economía mundial un poderoso
impulso en términos de aumento de la innovación y de la productividad.
Según la OCDE, una reducción del 50% en las tarifas y otras ayudas que
distorsionan el comercio en agricultura y productos manufacturados por
sí sola generaría un aumento del bienestar global estimado en 44.000
millones de dólares anuales. Los países en desarrollo están preparados
para aumentar el crecimiento del PIB per cápita al año de la
liberalización de las tarifas.



Pero los gobiernos siguen
dudando, por un sinfín de razones equivocadas. Retrasar más la
liberalización del comercio privará a cientos de millones de personas
de la oportunidad de acceder a un futuro mejor. Seis décadas de
liberalización del comercio multilateral progresiva en virtud de los
sistemas del Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio y la Organización
Mundial del Comercio han aportado beneficios considerables. En los 20
años que la OCDE ha vigilado atentamente las políticas agrícolas en los
países desarrollados, los índices nominales de la protección de precios
agrícolas se ha reducido a la mitad.



El volumen del comercio de
mercancías mundial es hoy 27 veces lo que era en 1950, comparado con un
aumento de sólo ocho veces a lo largo de ese mismo período en el
volumen de la producción mundial. Las tarifas industriales en los
países desarrollados han caído desde una media del 40% en 1950 hasta
menos del 4% hoy.



Pero todavía queda mucho por hacer. Los
recortes en la producción y exportación agrícola están fomentando la
actual crisis alimentaria. Con los precios de las materias primas
agrícolas en el máximo histórico, tenemos una oportunidad única tanto
en los países desarrollados como en los países en desarrollo de reducir
el apoyo agrícola que distorsiona el comercio, de abrir los mercados
agrícolas y liberar capacidad productiva.



Esta ruta, en lugar
de la del proteccionismo, es la forma de enfrentarse al alza de los
precios de los alimentos y al bajón en las economías. Las restricciones
a las exportaciones y los embargos pueden proporcionar alivio a corto
plazo a los consumidores en un país concreto, pero desaniman a los
agricultores de producir más alimentos en respuesta a la subida de
precios.



De forma similar, proteger a los agricultores con
aranceles y otras restricciones fronterizas significa precios más altos
para los consumidores y menos oportunidades para los proveedores
competitivos en el extranjero. Proteger a los productores agrícolas de
las oscilaciones en los precios internacionales les hace menos capaces
de ajustarse a las demandas del mercado cambiante, lo que se suma a la
volatilidad de precios global.



Un viejo proverbio del comercio
dice: “La mejor cura para los precios altos son los precios altos”. Los
precios altos del petróleo espolean la exploración y explotación de
recursos marginales aquí y allá, además de fomentar los esfuerzos para
las fuentes de energía alternativas. De igual manera, es de esperar que
los precios de las materias primas más altos conlleven una mayor
oferta, siempre que los gobiernos permitan que los aumentos de precios
se trasladen a los granjeros.

Los gobiernos pueden ayudar a muchos
millones de afectados por la subida de precios y la escasez de
alimentos proporcionando ayuda humanitaria y alimentos. Pero los
gobiernos deberían también adoptar un enfoque más duro con otras
políticas que afectan a la oferta de alimentos, como las que han
contribuido al aumento de la demanda de biocombustibles.



El
análisis de la OCDE indica que la producción de biocombustibles basada
en tecnologías de “primera generación” que utilizan stocks de materias
primas agrícolas no ofrecerán los beneficios de seguridad energética,
medioambiental y económica que han pronosticado.



Otras formas
de reducir la demanda de energía y las emisiones de gases con efecto
invernadero, combinadas con mayor libertad de comercio en
biocombustibles y su producción utilizando nuevas tecnologías de
“segunda generación”, que se elaboran a partir de materias primas que
no se destinan a la alimentación y se cultivan en terrenos no agrícolas
o marginales, ofrecen beneficios potencialmente mayores sin
repercusiones indeseadas.



Sin embargo, por encima de todo, un
nuevo acuerdo de comercio aportaría beneficios económicos importantes y
extendidos. En el oscuro panorama económico de hoy, esto ya no es el
lujo innecesario que algunos equivocadamente consideraban que era. Es
una cuestión urgente.





Un atisbo de esperanza desde el continente africano



Ban-Ki-moon, secr. general de la ONU.



LA
semana pasada, hubo un atisbo de esperanza en la crisis alimentaria
mundial. A la espera de una cosecha extraordinaria, Ucrania relajó las
restricciones a la exportación. Al día siguiente, los precios del trigo
cayeron un 10%. Por el contrario, los operadores en Bangkok marcaron
los precios del arroz en 1.000 dólares la tonelada, desde los 460
dólares de hace dos meses.



Así es la volatilidad del mercado de
hoy. No sabemos hasta dónde pueden llegar los precios, ni tampoco hasta
dónde podrían caer. Pero una cosa es cierta: hemos pasado de una etapa
de abundancia a una de escasez. Los expertos están de acuerdo en que
los precios de la alimentación quizá no van a volver a los niveles a
los que estábamos acostumbrados a corto plazo.



En Liberia, la
semana pasada, escuché que la gente había dejado de comprar arroz
importado por bolsas. En lugar de eso, cada vez compraban más por tazas
porque eso es todo lo que se pueden permitir. Vale la pena recordar que
el descenso al caos de Liberia empezó en 1979 con disturbios provocados
por los alimentos. En Costa de Marfil, los líderes políticos me
dijeron lo preocupados que estaban de que la crisis pudiera perjudicar
sus intentos de construir una democracia, en un momento en que, tras
una década de esfuerzos, están tan cerca del éxito.



Podría ser
tentador dejar que los mercados lo resolvieran todo por sí solos. En
teoría, si los precios suben, la oferta también lo hará. Pero vivimos
en el mundo real, no en el mundo de las teorías económicas. En el Rift
Valley de Kenia, el granero de África del Este, los agricultores están
plantando sólo la tercera parte que el año pasado. ¿Por qué, cuando se
dice que los precios más altos empujarán a plantar más? Porque no
pueden permitirse comprar fertilizantes, cuyo precio también se ha
disparado. El mismo panorama se presenta en Mali, Laos y Etiopía. Es
una receta para el desastre.



A principios de esta semana, en
Berna, reuní a los ejecutivos jefe de las agencias de la ONU y de sus
organizaciones más importantes de ayuda multilateral y desarrollo.
Acordamos un plan de acción urgente. El primer imperativo es alimentar
a los hambrientos. El Programa Mundial de Alimentos ayuda a 73 millones
de personas. Pero, para hacerlo, se requieren 755 millones de dólares
más sólo para cubrir sus costes en alza. Se han prometido 475 millones
de dólares. Pero con promesas no se llena el estómago, y la agencia
sólo tiene 18 millones de dólares en efectivo.



No podemos
permitirnos seguir bloqueados en esta crisis. Para asegurar alimentos
para mañana, debemos actuar hoy prestando a los pequeños agricultores
el apoyo que necesitan para mejorar sus próximas cosechas. Por eso es
por lo que la FAO ha pedido 1.700 millones de dólares para apoyar una
iniciativa de emergencia para proporcionar a los países de bajos
ingresos semillas, fertilizantes y otros materiales agrícolas que se
requieren para aumentar la producción. El Fondo Internacional para el
Desarrollo Agrícola pondrá a disposición otros 200 millones de dólares
para los agricultores pobres en los países más afectados. El Banco
Mundial está considerando establecer un servicio global de respuesta a
la crisis para este propósito.



Podemos enfrentarnos con esta
crisis. Tenemos recursos. Sabemos lo que hay que hacer. Deberíamos
considerar esto no sólo como un problema sino como una oportunidad. Es
una oportunidad enorme de enfrentarnos a la raíz de los problemas de
gran parte de la gente más pobre del mundo, ya que el 70% de ellos son
pequeños agricultores. Si les ayudamos y les ofrecemos la combinación
adecuada de sanas políticas locales e internacionales, la solución
llegará.



Viajando por África Occidental, encontré razones para
el optimismo. En Burkina Faso, vi un gobierno que trabaja en la
importación de semillas resistentes a la sequía y para gestionar mejor
la escasez de suministro de agua, ayudado por naciones como Brasil. En
Costa de Marfil vimos una cooperativa de mujeres que dirige una granja
de pollos montada con fondos de la ONU. El proyecto generaba rentas y
comida para los aldeanos de forma que puede ser perfectamente imitada.



Visitando
una escuela primaria en construcción en Ouagadougou, conté a los niños
como me crié: sin paredes, sólo basura para sentarme. Les expliqué cómo
había pasado hambre cuando era un niño, con apenas lo suficiente para
comer, con mis abuelos y otras personas mayores escarbando en busca de
alimentos y con niños que carecían de lo más imprescindible para
crecer. Recuerdo estas imágenes cuando viajo por África, y pienso en la
riqueza de recursos de este continente y en la fuerza y el coraje de
sus habitantes, tan evidente para mí en las ciudades que he visitado.
Si mi país pudo superar sus traumas y convertirse en una potencia
económica, África también puede hacerlo.



La Gaceta


Fecha artículo: mar 06 may 2008 06:30:00 CEST - URL: http://www.comfia.info/noticias/41678.html
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