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Luis M. Jiménez Herrero, director ejecutivo del Observatorio de la Sostenibilidad en España
Aunque los conceptos de sostenibilidad y responsabilidad social se van incorporando rápidamente al mundo empresarial, todavía se perciben claras insuficiencias a la hora de traducirlos en estrategias operativas para definir un nuevo estilo de desarrollo e, incluso, para plantear un nuevo paradigma en la economía productiva.
También estos dos términos se entremezclan de forma un tanto confusa, pero tal como expresa el Libro Verde de la UE, la responsabilidad social está “intrínsecamente vinculada al concepto de desarrollo sostenible: las empresas deben integrar en sus operaciones las consecuencias económicas, sociales y medioambientales”. Y más aun, se debería entender la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) como una herramienta estratégica para actuar sobre las actuales pautas económicas que resultan, en muchos casos, claramente ineficientes, escasamente competitivas y también insostenibles, con la finalidad de abordar decididamente el nuevo paradigma del desarrollo empresarial en clave de sostenibilidad.
En cualquier caso, se confirma la necesidad de definir un verdadero desarrollo de forma integral que sea ecológica, económica y socialmente sostenible con nuevas reglas de actuación frente al cambio global. Pero estableciendo también nuevas relaciones éticas entre los sistemas humanos y la biosfera para transformar, en definitiva, el “metabolismo” de la sociedad industrial mediante un proceso de cambio y transición hacia nuevas formas hacer, de ser y de estar. Para ello hay que plantear transformaciones estructurales en base a una transición del sistema productivo y su motor energético hacia la economía sostenible del futuro. Una economía innovadora, eficiente y competitiva y que sea de baja intensidad en carbono, en materia, en energía y en territorio.
En el mundo de la empresa se ha producido una importante evolución en los sistemas de dirección en relación con la integración del factor ambiental y la incorporación de los principios de sostenibilidad. Así se ha podido constatar un proceso secuencial desde las etapas iniciales, básicamente de tipo reactivo para el cumplimiento legal, pasando por etapas intermedias basadas en una gestión ambiental con criterios de ecoeficiencia, hasta la fase actual, mucho más proactiva, donde se abordan consideraciones estratégicas de sostenibilidad y responsabilidad social con un enfoque más integrador y una visión más global con un horizonte a más largo plazo.
Sin duda, nuevos retos y oportunidades vinculados a una implicación corresponsable de las empresas que transciende la dimensión económica tradicional para abordar estratégicamente las dimensiones ambientales y sociales con un nuevo sentido ético y un compromiso con el futuro. De aquí, las innovadoras concepciones de creación de valor que no trata de ligarse exclusivamente a los accionistas, sino al valor más real que tiene en cuenta a las partes interesadas (stakeholders), y su perdurabilidad en el tiempo, esto es el valor sostenible, definido por los nuevos esquemas de gobernabilidad corporativa.
Entre las distintas justificaciones predominantes para la implantar un enfoque de RSE, tales como la “obligación moral, la “licencia para actuar”, la “reputación corporativa”, destaca, a nuestro entender, precisamente la que está orientada desde y para la sostenibilidad. Es decir, la opción que pretende garantizar el rendimiento económico a largo plazo evitando las conductas socialmente perjudiciales o ambientalmente nocivas, ya que tiene mayores posibilidades de impulsar sinergias positivas, así como producir beneficios adicionales para la empresa, para la sociedad y para la naturaleza.
Desde una perspectiva estratégica, la adopción de un enfoque comprometido de Responsabilidad Social Empresarial, en el marco del desarrollo sostenible, puede convertirse en una fuente de enorme progreso social y de mejora ambiental, en la medida que las empresas sepan aplicar sus vastos recursos, experiencia y conocimientos en actividades socialmente beneficiosas y ambientalmente solidarias que, incluso, trasciendan el ámbito local para asumir acciones de cooperación mundial.
La RSE estratégica es mucho más positiva que la simple RSE reactiva. Porque sólo cuando se abordan desafíos ambientales y sociales bien identificados y alineados con las capacidades y potencialidades de la empresa, se pueden obtener verdaderos beneficios socioambientales y, simultáneamente, aportar una ventaja competitiva empresarial en base a la construcción de valores compartidos.
Las visiones empresariales que muestren su compromiso de forma fehaciente, planteando una estrategias con enfoques proactivos que superen los convencionales planteamientos reactivos y que también vaya más allá una idea simplista de responsabilidad a fin de afrontar una verdadera integración socioambiental, son las que más y mejor pueden contribuir de forma eficaz a la sostenibilidad de su propio desarrollo y también al desarrollo global en favor de un futuro común con el planeta.
Luis M. Jiménez Herrero, director ejecutivo del Observatorio de la Sostenibilidad en España
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