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El escándalo de los mega salarios

El recurso de las autoridades siempre será el reclamo a la moderación salarial de todos, hecha la excepción de los de arriba. Y, si el escándalo es de armas tomar, siempre está la recurrente nota de prensa.
J.L.López Bulla


Es posible que las autoridades europeas tengan una sobrevenida sinceridad cuando han puesto el grito en el cielo ante los escandalosos emolumentos de los mánagers de postín, los de medio pelo y otras islas adyacentes. Aunque el “problema” no es de ahora.


Con todo, es posible que algunos dirigentes políticos hayan solicitado una opinión sobre el caso a san Carlos Borromeo, y este caballero haya refunfuñado. Y puestos a pensar, también cabe dentro de lo posible que algunas autoridades hayan leído al novelista murciano Miguel Espinosa, que utilizaba como elemento descriptivo de los gastos e ingresos de la clase gozante, la cantidad de salarios de obrero que constaban sus condiciones de vida. [Tan imaginativo índice ha llevado a Antonio Baylos a esta consideración: la (moderada) unidad zaplana equivaldría al salario de 120 trabajadores, y no digamos la (abundosa) unidad pizarro]


Sea como fuere, es de agradecer que haya quien se ha rasgado la camiseta –y, por lo tanto, un poco de sus vestiduras. Lo han hecho con poca contundencia porque –esta es una suposición malvada— tal vez estén pensando (algunos de ellos) que un día les tocará el momio y no es cosa de exagerar la denuncia. En todo caso, hasta la presente ninguna empingorotada autoridad ha entrado en el meollo del asunto. Esto es, en las causas más visibles que provocan las situaciones que comentan las autoridades europeas.


Incluso desde dentro del sistema, abriéndole una parte de sus entretelas, podemos aproximarnos a ver dónde está la madre del cordero. Por ejemplo, en lo que Claude Bébéar llama las formas deformadas del capitalismo. Ojo, Bébéar no es un peligroso activista repartidor de octavillas antisistema: se trata del Presidente del consejo de Administración del grupo financiero AXA. Sí, exacto, estamos hablando de quien era llamado coloquialmente “el padrino del capitalismo francés”. De quien, en su famoso libro-entrevista con Phillipe Manière, “Acabaran con el capitalismo” (Paidós, Barcelona), arremete enfáticamente contra el turbocapitalismo de Enron, Palmalat y otros escándalos similares.


Por no referirnos a un viejo iconoclasta, el maestro John K. Galbraith, cuando hablaba de un sistema que permite a las grandes corporations burlar todo tipo de normas y reglas: la especulación como forma habitual y el uso de lo que denominó el fraude legal que está siendo aceptado de manera acrítica, como cosa natural. Así habla el maestro en su desparpajado libro “La economía del fraude” (Crítica, Barcelona, 2004) Vale la pena recordar que Galbraith tampoco era un exaltado.


De seguir a Bébéar (más bien, de aprovecharnos de lo que dice), la cuestión está en las formas deformadas que este caballero parcialmente relata. Por ejemplo, el poder omnímodo de los altos ejecutivos controlando (desde posiciones accionariamente minoritarias o no teniendo ninguna acción) todo el chambao de las empresas que dirigen; la búsqueda de altísimos beneficios, casi en tiempo real, como promesa y premisa para que la formal junta de accionistas les concedan los emolumentos más astronómicos, amén de las bufandas (en clave de stock options o como quiera que sean) y las espectaculares martingalas que genera todo lo anterior.


¿Y la política, me dice usted? Por el amor de Dios, cuando la política queda cooptada por la economía se abre una especie de barra libre de proporciones caballunas. Que más tarde eso provoque desaguisados, es cosa sabida desde tiempos inmemoriales. El recurso de las autoridades siempre será el reclamo a la moderación salarial de todos, hecha la excepción de los de arriba. Y, si el escándalo es de armas tomar, siempre está la recurrente nota de prensa. Una nota de prensa que debe ser, según enseñaba un veterano periodista, “breve y confusa”.

Metiendo Bulla


Fecha artículo: lun 19 may 2008 06:30:00 CEST
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