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Nadie se imaginaría que una casa tan banal como esta acabaría provocando una crisis financiera mundial que ya se compara con la Gran Depresión. Pero la implacable corrosión de confianza que desde hace más de un año paraliza a los mercados de créditos tiene sus comienzos aquí, en estados como Nevada y Arizona, el sur de California, los primeros en registrar elevados niveles de morosidad por las hipotecas basura.
Durante años, la alquimia financiera de Wall Street convirtió esos préstamos a propietarios de bajos ingresos y escasa solvencia en instrumentos de alta rentabilidad para inversores globales. La magia que funcionó mientras los precios de las viviendas subían un 40% y hasta un 50% al año, formaban parte de "una gran estructura de especulación, un esquema Ponzi", según dijo Keith Schwer de la Universidad de Nevada. Pero ahora, tras el descenso de precios de la vivienda media del 20% a escala nacional, la alquimia se encuentra en fase inversa.
Las innovaciones financieras del nuevo milenio ya son residuos tóxicos escondidos en las cloacas del sistema financiero, la raíz de una epidemia de miedo que el mes pasado contagió hasta a los mercados más estables y líquidos.
Hace dos semanas, tras la implosión de Lehman Brothers atacado por especuladores, hasta se produjo un arrebato de pánico en el llamado mercado de dinero -que como sugiere su nombre se suponía tan líquido como los mismos billetes verdes. Este mercado se congeló también. Tras 14 meses de creciente parálisis, estamos en la fase terminal de revulsión de una crisis, según la frase de Charles Kindelberger, autor de Manías, pánicos y cracs,en la que "los bancos dejan de prestar dinero". Así de simple. La siguiente fase, si no se detiene, sería la del rigor mortis.
En las últimas semanas de miedo y odio han caído bancos como bolos en la bolera, desde instituciones venerables de Wall Street como Lehman hasta grandes bancos comerciales como Wachovia y Washington Mutual, vendidos a precios de risa a Wells Fargo y a JP Morgan respectivamente.
La ola de pánico y desconfianza cruzó el Atlántico, y las autoridades en el Reino Unido, Bélgica, Holanda y Alemania, entre otros, se vieron forzados a rescatar diversos bancos. En Irlanda, se optó por garantizar todos los depósitos en el sistema bancario entero, lo que ha provocado un éxodo de fondos impulsado por el miedo de la banca inglesa.
Si la brecha entre Wall Street y Main Street, la calle por la que transitan los ciudadanos de a pie, había parecido más ancha que nunca durante los años de fabulosos beneficios y remuneraciones bancarias mientras la renta media se estancó, la actual fase de revulsión ha subrayado los estrechos enlaces que unen las finanzas y la economía real.
Ya empieza el contagio desde las finanzas a empresas y consumidores. "Hay estudiantes que no pueden conseguir créditos, familias a las que se les niegan préstamos para comprar automóviles, empresas pequeñas que han tenido que pagar a sus trabajadores usando créditos en sus tarjetas corporativas", advierte en declaraciones a este periódico Barry Eichengreen, economista de Berkeley, autor de un libro clásico sobre la Gran Depresión.
Robert Solow, premio Nobel de Economía, integrante de la generación de economistas neokeynesianos curtidos por la experiencia de la Gran Depresión, coincide en una entrevista con Dinero:
"Se están secando los flujos rutinarios de crédito necesarios para mantener las operaciones de las empresas -hasta el pago de salarios-", añade. Créditos bancarios a empresas se ha desplomado más de 200.000 millones de dólares en tres semanas. El mercado de papel comercial -pagarés- utilizado por empresas para pagar nóminas cada mes se ha aniquilado, cayendo de 2,2 billones de dólares a 1,6 billones en un año.
"¿Cuál es la consecuencia de todo esto para la economía real?", se pregunta Eichengreen. "Pues recesión severa y prolongada; el paro en el 8 o el 10% el año próximo y Europa y España se verán duramente tocados".
Para prevenir un desastre mayor, Ben Bernanke, presidente de la Reserva federal, y Henry Hank Paulson, secretario del Tesoro y ex presidente de Goldman Sachs, cruzaron el largo césped del Mall en el centro de Washington hace dos viernes para reunirse con líderes del Congreso y pedir su apoyo en una cooperación de rescate. Consistiría en la compra de los residuos tóxicos, cuyo valor subyacente aun reside en los inmuebles tristes que hemos visto.
Bernanke -la autoridad más respetada de las ciencias económicas respecto a las causas de la Gran Depresión, y nada dado a la retórica alarmista- advirtió: "Si no hacemos algo, el próximo lunes, no tendremos economía". A un mes de las elecciones, una operación de rescate a Wall Street no era fácil de vender a la Cámara pero finalmente, el pasado viernes, tras un breve acto de rebelión, el Congreso aprobó facilitar 700.000 millones de dólares -medio billón de euros- a plazos de 250.000 millones para que el Estado federal compre a los bancos los residuos tóxicos en sus balances a la espera de que en algún momento del futuro la caída del precio de la vivienda toque fondo. "Nadie sabe cuándo ni dónde los precios de viviendas alcanzaran un suelo firme", dijo Allan Meltzer de la Universidad Carnegie Mellon. Pero aún falta un 20% más y Deutschebank prevé que cuatro de cada diez familias estadounidenses tendrán casas que valen menos que sus deudas hipotecarias antes de tocar fondo.
Cuando Paulson explicó su Ragu Rajan de la Universidad de Chicago que propone medidas para forzar al sector privado a inyectar capital como la prohibición del pago de dividendos. Existe la posibilidad - tras las modificaciones exigidas por el Congreso- de empezar a tomar participaciones en los bancos a cambio de pagar precios más altos por sus activos dañados. Pero, el plan "no va a ser suficiente para reconstruir el sistema financiero; sólo nos compra un poco más tiempo", dice Eichengreen. "Cuando el nuevo presidente se instale en la Casa Blanca va a tener que adoptar un plan B para recapitalizar la banca", añade.
El plan B, dicen Eichengreen y otros economistas, será el llamado modelo sueco, que consiste en nacionalizar la banca y luego tras una reestructuración, revenderla. En Suecia, en los años 80, esta solución rápida y decisiva tuvo un bajo coste fiscal del 3,5% del PIB que luego se recuperó en la reprivatización de la banca posterior. Pero pasó factura: una dura recesión, aunque de corta duración. El extremo opuesto es Japón que se negó a aceptar la realidad de que habría que inyectar dinero publico y experimentó una "década perdida" con coste fiscal que al final fue desorbitado, del 24% del PIB. Otros economistas coinciden en que, tarde o temprano, el gobierno federal se verá forzado a entrar de lleno en el capital de los bancos. "La inyección de dinero público a cambio de garantías es una buena forma de hacer esto porque el contribuyente se benéfica cuando se inicie la recuperación", afirma Edmund Phelps, otro premio Nobel en el Wall Street Journal.
Jimmy Galbraith, hijo de JFK Galbraith, el plan a sus homólogos europeos la semana pasada, añadió que en caso de que fallara "no tenemos nada más". Pero los economistas consultados por La Vanguardia coincidieron en advertir que el Plan Paulson -aunque útil y necesario para frenar la autodestrucción del sistema financiero y calmar en cierta media los nerviosno será ni de lejos suficiente.
"Paulson se dirige a un problema de liquidez pero el problema de fondo es que hay que recapitalizar el sistema bancario", explicó famoso teórico de la Gran Depresión y las soluciones keynesianas, dijo: "Lo que se va a tener que hacer es la solución sueca, es de lejos la mejor opción".
Pero, dada la coyuntura política en EE.UU., "es imposible esperar nada más que el plan Paulson hasta después de las elecciones", advierte Eichengreen. Por tanto, aun así quedan tres meses al menos antes del Plan B, un periodo en el cual, pese a la aprobación el viernes del plan Paulson, dice Eichengreen, "esta crisis seguirá avanzando; habrá más ataques a bancos de inversión y comerciales, hasta a bancos de la envergadura de Goldman Sachs, las empresas empezarán a despedir a trabajadores porque no podrán pagar sus nóminas; la Fed seguirá inundando el mercado de liquidez pero no ayudará al concesionario de la esquina cuyos clientes ya no tienen crédito para comprar un coche". Una cadena infernal que amenaza con paralizar la economía en su conjunto a menos que se adopten medidas drásticas de manera urgente.
La Vanguardia
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