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Es un fenómeno que asociamos a sitios sobre los que han caÃdo todos los males, como Zimbabwe, con sus billetes de un billón de dólares, o a tiempos remotos, como la Alemania de Weimar, donde la gente salÃa de compras empujando carretillas llenas de marcos que no tenÃan ningún valor.
La hiperinflación, ese fenómeno en el que los precios aumentan de manera descontrolada, es fácil de entender, aunque contemplarla resulte alarmante. Sin embargo, la moneda empezó a sucumbir durante el año pasado a una enfermedad nueva y poco corriente, un mal difÃcil de detectar y sigiloso que, en su variante más extrema, puede ser igual de catastrófico.
El Indice de Precios al Consumo del Reino Unido cayó al 0,1% esta semana, el punto más bajo en los últimos 49 años. Esta es una confirmación más de lo que los economistas consideran inevitable en 2009, un deslizamiento hacia la deflación, el fenómeno en el que los precios caen durante un perÃodo prolongado. El último caso de gravedad se produjo en la Gran Depresión, asà que muy pocas personas de menos de 80 años tienen experiencia de vivir con deflación. Sin embargo, en el periodo de 10 años que concluyó hacia el 2005, convivieron con ella 130 millones de japoneses, y yo también. Se trata de una experiencia curiosa y engañosa, en la que un hecho que a primera vista parece estupendo (que todo se consigue más barato) insensibiliza a cualquiera frente al daño gravÃsimo que sufren la economÃa y el paÃs en su conjunto.
Llegué a Tokio en 1995 con la idea de que me estaba trasladando a la ciudad más rica y más cara de la historia del mundo. Eso habÃa sido verdad a finales de los años 80, cuando la economÃa japonesa, en plena expansión, habÃa alcanzado su punto máximo, y todavÃa circulaban anécdotas increÃbles sobre aquellos tiempos.
Alguien habÃa calculado que el enorme parque que rodea el Palacio Imperial tendrÃa un valor mayor que todo el estado norteamericano de California en el mercado inmobiliario. Se decÃa que un billete de 10.000 yenes, plegado todo lo que se pudiera y dejado caer en el suelo en el centro de Tokio, no serÃa suficiente para comprar el centÃmetro cuadrado de terreno que ocupara. En contraste con el resto de Asia, eran los turistas norteamericanos y europeos, no los del paÃs, los que parecÃan andrajosos y pordioseros. Hecho un manojo de nervios, me preparé para vivir en un infierno inflacionista.
Cuando yo llegué, los fuegos artificiales se habÃan acabado.Ya estaba claro que una gran parte de los créditos bancarios en los que se habÃa basado la burbuja nunca serÃan devueltos.Los bancos dejaron de conceder préstamos y, con una década y media de adelanto sobre Europa y Estados Unidos, Tokio experimentó su propia crisis crediticia. Se multiplicaron las quiebras y las reestructuraciones y con ellas llegaron las pérdidas de empleos en masa, hasta unos extremos que los asalariados japoneses no habÃan conocido jamás. Hubo suicidios y depresiones. En los parques públicos y a lo largo de las orillas de los rÃos empezaron a aparecer poblados de tiendas de campaña, muy ordenados y limpios, eso sÃ, de gente que se habÃa quedado sin casa.
Para todos aquellos que seguÃan conservando sus puestos de trabajo y no estaban agobiados por deudas ni propiedades (personas como yo, por ejemplo), aquella fue una época de prosperidad extraña y sin complicaciones.
Me trasladé a la casa en que ahora vivo, un pequeño piso de dos dormitorios, en 1999. Todas las mañanas hacÃa un viaje de 20 minutos en el metro para ir al trabajo. A la hora de comer, me tomaba un pescado a la plancha y un tazón de arroz y, por las noches, cenaba un plato de pasta y una botella de vino. De vez en cuando, me iba a cantar, más bien achispado, canciones de David Bowie en el salón de karaoke del barrio. En 10 años, ninguno de estos dispendios subió de precio de manera importante, si es que se produjo alguna subida.
El alquiler que pago en la actualidad es el mismo, en yenes, que cuando me trasladé a esta vivienda. Algunos costes han disminuido en términos reales como, por ejemplo, los del karaoke y el golf, y también los de comer en restaurantes de comida rápida como consecuencia de una despiadada guerra de precios entre McDonald's y su principal competidor en Japón, que tiene un nombre magnÃfico, MosBurger.
Aparte de una congelación efectiva del coste de los productos más consumidos a diario, han surgido nuevas propuestas comerciales.Han proliferado las tiendas todo-a-cien, que venden a precios irrisorios comida, bebidas, productos de belleza y juguetes por el equivalente a medio euro en un paÃs que antes era famoso por su pasión por los artÃculos de la gama más exquisita del lujo.Las peluquerÃas ofrecen cortes de pelo a un precio tan de saldo como 1.000 yenes. Para alguien que se haya educado en la idea de que, con el paso del tiempo, todo va siendo cada vez más caro (de una manera gradual, razonable), experimentar lo contrario era casi estimulante. Sin embargo, por muy gracioso que nos pareciera a personas como yo, para Japón en su conjunto era desolador.
Los perjuicios causados por la deflación son menos evidentes y dramáticos que los de la hiperinflación, pero penetran más profundamente. La consecuencia más evidente es que reduce el gasto de los hogares. Si los precios no dejan de bajar cada mes, ¿por qué darse prisa en comprar un iPod, un frigorÃfico o un coche nuevo? ¿Por qué no esperar hasta que todavÃa se abaraten más, sobre todo si el valor de tu vivienda está cayendo y tienes miedo de perder tu trabajo?
Ahora bien, si la gente no compra nada, se fabrican y se venden menos cosas. Cierran tiendas y fábricas y se pierden puestos de trabajo. Cae el valor de las propiedades inmobiliarias a la par que el de todo lo demás y los que están endeudados dejan de pagar sus hipotecas, lo que amenaza la posición de los que prestan. Como se reduce el número de gente que tiene dinero, caen los precios todavÃa más si cabe, en un esfuerzo por estimular el consumo.
¿Es éste el camino que Europa tiene por delante? Los malos tiempos pueden reportar beneficios a largo plazo como, por ejemplo, bancos más saneados y empresas mejor preparadas y más eficaces que, una vez pasada la tormenta, se van a encontrar con que sus competidores se han quedado en el camino. Sin embargo, una caÃda profunda en la deflación resulta difÃcil de remontar. En el caso de Japón, parecÃa que el problema residÃa, en general, no tanto en el ámbito de la polÃtica económica como en el de la psicologÃa de masas.
A finales de los años 80, Japón era uno de los protagonistas mundiales más seguros de sà mismos y más agresivos; tan seguro que adquirÃa propiedades inmobiliarias que eran todo un sÃmbolo en otros paÃses, como los estudios cinematográficos Columbia y el Rockefeller Center de Nueva York, y que amenazaba con arrebatar a Estados Unidos su posición de mayor economÃa del mundo. En cambio, entró en el nuevo milenio hecho un mar de dudas y con una falta de confianza de la que todavÃa no se ha recuperado.
La deflación es a la inflación lo que la hipotermia a unas fiebres altÃsimas. Deja heladas a las personas asà como las economÃas y ralentiza sus sistemas vitales. Afecta al corazón tanto como a la cabeza, y no supone ningún consuelo que, a cambio, los fideos, los cortes de pelo y el karaoke sean baratos.
Richard Lloyd Parry es el director para Asia del diario británico The Times.
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